lunes, 26 de julio de 2010

Respuesta de la poetisa a la muy ilustre Sor Filotea de la Cruz




MUY ILUSTRE Señora, mi Señora: No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta. ¿Qué mucho si, al primer paso, encontraba para tropezar mi torpe pluma dos imposibles? El primero (y para mí el más riguroso) es saber responder a vuestra doctísima, discretísima, santísima y amorosísima carta. Y si veo que preguntado el Ángel de las Escuelas, Santo Tomás, de su silencio con Alberto Magno, su maestro, respondió que callaba porque nada sabía decir digno de Alberto, con cuánta mayor razón callaría, no como el Santo, de humildad, sino que en la realidad es no saber algo digno de vos. El segundo imposible es saber agradeceros tan excesivo como no esperado favor, de dar a las prensas mis borrones: merced tan sin medida que aun se le pasara por alto a la esperanza más ambiciosa y al deseo más fantástico; y que ni aun como ente de razón pudiera caber en mis pensamientos; y en fin, de tal magnitud que no sólo no se puede estrechar a lo limitado de las voces, pero excede a la capacidad del agradecimiento, tanto por grande como por no esperado, que es lo que dijo Quintiliano: Minorem spei, maiorem benefacti gloriam pereunt. Y tal que enmudecen al beneficiado.
Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista vio en su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso; y así, en vez de agradecimientos, prorrumpió en dudas y preguntas: Et unde hoc mihi? ¿De dónde a mí viene tal cosa? Lo mismo sucedió a Saúl cuando se vio electo y ungido rey de Israel: Numquid non filius Iemini ego sum de minima tribu Israel, et cognatio mea novissima inter omnes de tribu Beniamin? Quare igitur locutus es mihi sermonem istum? Así yo diré: ¿de dónde, venerable Señora, de dónde a mí tanto favor? ¿Por ventura soy más que una pobre monja, la más mínima criatura del mundo y la más indigna de ocupar vuestra atención? ¿Pues quare locutus es mihi sermonem istum? ¿Et unde hoc mihi?
Ni al primer imposible tengo más que responder que no ser nada digno de vuestros ojos; ni al segundo más que admiraciones, en vez de gracias, diciendo que no soy capaz de agradeceros la más mínima parte de lo que os debo. No es afectada modestia, Señora, sino ingenua verdad de toda mi alma, que al llegar a mis manos, impresa, la carta que vuestra propiedad llamó Atenagórica, prorrumpí (con no ser esto en mí muy fácil) en lágrimas de confusión, porque me pareció que vuestro favor no era más que una reconvención que Dios hace a lo mal que le correspondo; y que como a otros corrige con castigos, a mí me quiere reducir a fuerza de beneficios. Especial favor de que conozco ser su deudora, como de otros infinitos de su inmensa bondad; pero también especial modo de avergonzarme y confundirme: que es más primoroso medio de castigar hacer que yo misma, con mi conocimiento, sea el juez que me sentencie y condene mi ingratitud. Y así, cuando esto considero acá a mis solas, suelo decir: Bendito seáis vos, Señor, que no sólo no quisisteis en manos de otra criatura el juzgarme, y que ni aun en la mía lo pusisteis, sino que lo reservasteis a la vuestra, y me librasteis a mí de mí y de la sentencia que yo misma me daría --que, forzada de mi propio conocimiento, no pudiera ser menos que de condenación--, y vos la reservasteis a vuestra misericordia, porque me amáis más de lo que yo me puedo amar.
Perdonad, Señora mía, la digresión que me arrebató la fuerza de la verdad; y si la he de confesar toda, también es buscar efugios para huir la dificultad de responder, y casi me he determinado a dejarlo al silencio; pero como éste es cosa negativa, aunque explica mucho con el énfasis de no explicar, es necesario ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga; y si no, dirá nada el silencio, porque ése es su propio oficio: decir nada. Fue arrebatado el Sagrado Vaso de Elección al tercer Cielo, y habiendo visto los arcanos secretos de Dios dice: Audivit arcana Dei, quae no licet homini loqui. No dice lo que vio, pero dice que no lo puede decir; de manera que aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir. Dice San Juan que si hubiera de escribir todas las maravillas que obró nuestro Redentor, no cupieran en todo el mundo los libros; y dice Vieyra, sobre este lugar, que en sola esta cláusula dijo más el Evangelista que en todo cuanto escribió; y dice muy bien el Fénix Lusitano (pero ¿cuándo no dice bien, aun cuando no dice bien?), porque aquí dice San Juan todo lo que dejó de decir y expresó lo que dejó de expresar. Así, yo, Señora mía, sólo responderé que no sé qué responder; sólo agradeceré diciendo que no soy capaz de agradeceros; y diré, por breve rótulo de lo que dejo al silencio, que sólo con la confianza de favorecida y con los valimientos de honrada, me puedo atrever a hablar con vuestra grandeza. Si fuere necedad, perdonadla, pues es alhaja de la dicha, y en ella ministraré yo más materia a vuestra benignidad y vos daréis mayor forma a mi reconocimiento.
No se hallaba digno Moisés, por balbuciente, para hablar con Faraón, y, después, el verse tan favorecido de Dios, le infunde tales alientos, que no sólo habla con el mismo Dios, sino que se atreve a pedirle imposibles: Ostende mihi faciem tuam. Pues así yo, Señora mía, ya no me parecen imposibles los que puse al principio, a vista de lo que me favorecéis; porque quien hizo imprimir la Carta tan sin noticia mía, quien la intituló, quien la costeó, quien la honró tanto (siendo de todo indigna por sí y por su autora), ¿qué no hará?, ¿qué no perdonará?, ¿qué dejará de hacer y qué dejará de perdonar? Y así, debajo del supuesto de que hablo con el salvoconducto de vuestros favores y debajo del seguro de vuestra benignidad, y de que me habéis, como otro Asuero, dado a besar la punta del cetro de oro de vuestro cariño en señal de concederme benévola licencia para hablar y proponer en vuestra venerable presencia, digo que recibo en mi alma vuestra santísima amonestación de aplicar el estudio a Libros Sagrados, que aunque viene en traje de consejo, tendrá para mí sustancia de precepto; con no pequeño consuelo de que aun antes parece que prevenía mi obediencia vuestra pastoral insinuación, como a vuestra dirección, inferido del asunto y pruebas de la misma Carta. Bien conozco que no cae sobre ella vuestra cuerdísima advertencia, sino sobre lo mucho que habréis visto de asuntos humanos que he escrito; y así, lo que he dicho no es más que satisfaceros con ella a la falta de aplicación que habréis inferido (con mucha razón) de otros escritos míos. Y hablando con más especialidad os confieso, con la ingenuidad que ante vos es debida y con la verdad y claridad que en mí siempre es natural y costumbre, que el no haber escrito mucho de asuntos sagrados no ha sido desafición, ni de aplicación la falta, sino sobra de temor y reverencia debida a aquellas Sagradas Letras, para cuya inteligencia yo me conozco tan incapaz y para cuyo manejo soy tan indigna; resonándome siempre en los oídos, con no pequeño horror, aquella amenaza y prohibición del Señor a los pecadores como yo: Quare tu enarras iustitias meas, et assumis testamentum meum per os tuum? Esta pregunta y el ver que aun a los varones doctos se prohibía el leer los Cantares hasta que pasaban de treinta años, y aun el Génesis: éste por su oscuridad, y aquéllos porque de la dulzura de aquellos epitalamios no tomase ocasión la imprudente juventud de mudar el sentido en carnales afectos. Compruébalo mi gran Padre San Jerónimo, mandando que sea esto lo último que se estudie, por la misma razón: Ad ultimum sine periculo discat Canticum Canticorum, ne si in exordio legerit, sub carnalibus verbis spiritualium nuptiarum Epithalamium non intelligens, vulneretur; y Séneca dice: Teneris in annis haut clara est fides. Pues ¿cómo me atreviera yo a tomarlo en mis indignas manos, repugnándolo el sexo, la edad y sobre todo las costumbres? Y así confieso que muchas veces este temor me ha quitado la pluma de la mano y ha hecho retroceder los asuntos hacia el mismo entendimiento de quien querían brotar; el cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una herejía contra el arte no la castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura; y ésta, iusta vel iniusta, timenda non est, pues deja comulgar y oír misa, por lo cual me da poco o ningún cuidado; porque, según la misma decisión de los que lo calumnian, ni tengo obligación para saber ni aptitud para acertar; luego, si lo yerro, ni es culpa ni es descrédito. No es culpa, porque no tengo obligación; no es descrédito, pues no tengo posibilidad de acertar, y ad impossibilia nemo tenetur. Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y sólo por dar gusto a otros; no sólo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino sólo por ver si con estudiar ignoro menos. Así lo respondo y así lo siento.
El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones --que he tenido muchas--, ni propias reflejas --que he hecho no pocas--, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y aun hay quien diga que daña. Sabe también Su Majestad que no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele sólo a quien me le dio; y que no otro motivo me entró en religión, no obstante que al desembarazo y quietud que pedía mi estudiosa intención eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y después, en ella, sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentación; y sí sería. Si yo pudiera pagaros algo de lo que os debo, Señora mía, creo que sólo os pagara en contaros esto, pues no ha salido de mi boca jamás, excepto para quien debió salir. Pero quiero que con haberos franqueado de par en par las puertas de mi corazón, haciéndoos patentes sus más sellados secretos, conozcáis que no desdice de mi confianza lo que debo a vuestra venerable persona y excesivos favores.
Prosiguiendo en la narración de mi inclinación, de que os quiero dar entera noticia, digo que no había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, ya no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra lo ocultó por darle el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó (Dios la guarde), y puede testificarlo.
Acuérdome que en estos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños. Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que deprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos ruegos sobre que, mudándome el traje, me enviase a Méjico, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen castigos ni reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico, se admiraban, no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.
Empecé a deprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres --y más en tan florida juventud-- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta dónde llegaba antes, e imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o tal cosa que me había propuesto deprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno. Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales), muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros. Esto me hizo vacilar algo en la determinación, hasta que alumbrándome personas doctas de que era tentación, la vencí con el favor divino, y tomé el estado que tan indignamente tengo. Pensé yo que huía de mí misma, pero ¡miserable de mí! trájeme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo en esta inclinación, que no sé determinar si por prenda o castigo me dio el Cielo, pues de apagarse o embarazarse con tanto ejercicio que la religión tiene, reventaba como pólvora, y se verificaba en mí el privatio est causa appetitus.
Volví (mal dije, pues nunca cesé); proseguí, digo, a la estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban a mi obligación) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin más maestro que los mismos libros. Ya se ve cuán duro es estudiar en aquellos caracteres sin alma, careciendo de la voz viva y explicación del maestro; pues todo este trabajo sufría yo muy gustosa por amor de las letras. ¡Oh, si hubiese sido por amor de Dios, que era lo acertado, cuánto hubiera merecido! Bien que yo procuraba elevarlo cuanto podía y dirigirlo a su servicio, porque el fin a que aspiraba era a estudiar Teología, pareciéndome menguada inhabilidad, siendo católica, no saber todo lo que en esta vida se puede alcanzar, por medios naturales, de los divinos misterios; y que siendo monja y no seglar, debía, por el estado eclesiástico, profesar letras; y más siendo hija de un San Jerónimo y de una Santa Paula, que era degenerar de tan doctos padres ser idiota la hija. Esto me proponía yo de mí misma y me parecía razón; si no es que era (y eso es lo más cierto) lisonjear y aplaudir a mi propia inclinación, proponiéndola como obligatorio su propio gusto.
Con esto proseguí, dirigiendo siempre, como he dicho, los pasos de mi estudio a la cumbre de la Sagrada Teología; pareciéndome preciso, para llegar a ella, subir por los escalones de las ciencias y artes humanas; porque ¿cómo entenderá el estilo de la Reina de las Ciencias quien aun no sabe el de las ancilas? ¿Cómo sin Lógica sabría yo los métodos generales y particulares con que está escrita la Sagrada Escritura? ¿Cómo sin Retórica entendería sus figuras, tropos y locuciones? ¿Cómo sin Física, tantas cuestiones naturales de las naturalezas de los animales de los sacrificios, donde se simbolizan tantas cosas ya declaradas, y otras muchas que hay? ¿Cómo si el sanar Saúl al sonido del arpa de David fue virtud y fuerza natural de la música, o sobrenatural que Dios quiso poner en David? ¿Cómo sin Aritmética se podrán entender tantos cómputos de años, de días, de meses, de horas, de hebdómadas tan misteriosas como las de Daniel, y otras para cuya inteligencia es necesario saber las naturalezas, concordancias y propiedades de los números? ¿Cómo sin Geometría se podrán medir el Arca Santa del Testamento y la Ciudad Santa de Jerusalén, cuyas misteriosas mensuras hacen un cubo con todas sus dimensiones, y aquel repartimiento proporcional de todas sus partes tan maravilloso? ¿Cómo sin Arquitectura, el gran Templo de Salomón, donde fue el mismo Dios el artífice que dio la disposición y la traza, y el Sabio Rey sólo fue sobrestante que la ejecutó; donde no había basa sin misterio, columna sin símbolo, cornisa sin alusión, arquitrabe sin significado; y así de otras sus partes, sin que el más mínimo filete estuviese sólo por el servicio y complemento del Arte, sino simbolizando cosas mayores? ¿Cómo sin grande conocimiento de reglas y partes de que consta la Historia se entenderán los libros historiales? Aquellas recapitulaciones en que muchas veces se pospone en la narración lo que en el hecho sucedió primero. ¿Cómo sin grande noticia de ambos Derechos podrán entenderse los libros legales? ¿Cómo sin grande erudición tantas cosas de historias profanas, de que hace mención la Sagrada Escritura; tantas costumbres de gentiles, tantos ritos, tantas maneras de hablar? ¿Cómo sin muchas reglas y lección de Santos Padres se podrá entender la oscura locución de los Profetas? Pues sin ser muy perito en la Música, ¿cómo se entenderán aquellas proporciones musicales y sus primores que hay en tantos lugares, especialmente en aquellas peticiones que hizo a Dios Abraham, por las Ciudades, de que si perdonaría habiendo cincuenta justos, y de este número bajó a cuarenta y cinco, que es sesquinona y es como de mi a re; de aquí a cuarenta, que es sesquioctava y es como de re a mi; de aquí a treinta, que es sesquitercia, que es la del diatesarón; de aquí a veinte, que es la proporción sesquiáltera, que es la del diapente; de aquí a diez, que es la dupla, que es el diapasón; y como no hay más proporciones armónicas no pasó de ahí? Pues ¿cómo se podrá entender esto sin Música? Allá en el Libro de Job le dice Dios: Numquid coniungere valebis micantes stellas Pleiadas, aut gyrum Arcturi poteris dissipare? Numquid producis Luciferum in tempore suo, et Vesperum super filios terrae consurgere facis?, cuyos términos, sin noticia de Astrología, será imposible entender. Y no sólo estas nobles ciencias; pero no hay arte mecánica que no se mencione. Y en fin, cómo el Libro que comprende todos los libros, y la Ciencia en que se incluyen todas las ciencias, para cuya inteligencia todas sirven; y después de saberlas todas (que ya se ve que no es fácil, ni aun posible) pide otra circunstancia más que todo lo dicho, que es una continua oración y pureza de vida, para impetrar de Dios aquella purgación de ánimo e iluminación de mente que es menester para la inteligencia de cosas tan altas; y si esto falta, nada sirve de lo demás.
Del Angélico Doctor Santo Tomás dice la Iglesia estas palabras: In difficultatibus locorum Sacrae Scripturae ad orationem ieiunium adhibebat. Quin etiam sodali suo Fratri Reginaldo dicere solebat, quidquid sciret, non tam studio, aut labore suo peperisse, quam divinitus traditum accepisse. Pues yo, tan distante de la virtud y las letras, ¿cómo había de tener ánimo para escribir? Y así por tener algunos principios granjeados, estudiaba continuamente diversas cosas, sin tener para alguna particular inclinación, sino para todas en general; por lo cual, el haber estudiado en unas más que en otras, no ha sido en mí elección, sino que el acaso de haber topado más a mano libros de aquellas facultades les ha dado, sin arbitrio mío, la preferencia. Y como no tenía interés que me moviese, ni límite de tiempo que me estrechase el continuado estudio de una cosa por la necesidad de los grados, casi a un tiempo estudiaba diversas cosas o dejaba unas por otras; bien que en eso observaba orden, porque a unas llamaba estudio y a otras diversión; y en éstas descansaba de las otras: de donde se sigue que he estudiado muchas cosas y nada sé, porque las unas han embarazado a las otras. Es verdad que esto digo de la parte práctica en las que la tienen, porque claro está que mientras se mueve la pluma descansa el compás y mientras se toca el arpa sosiega el órgano, et sic de caeteris; porque como es menester mucho uso corporal para adquirir hábito, nunca le puede tener perfecto quien se reparte en varios ejercicios; pero en lo formal y especulativo sucede al contrario, y quisiera yo persuadir a todos con mi experiencia a que no sólo no estorban, pero se ayudan dando luz y abriendo camino las unas para las otras, por variaciones y ocultos engarces —que para esta cadena universal les puso la sabiduría de su Autor—, de manera que parece se corresponden y están unidas con admirable trabazón y concierto. Es la cadena que fingieron los antiguos que salía de la boca de Júpiter, de donde pendían todas las cosas eslabonadas unas con otras. Así lo demuestra el R. P. Atanasio Quirqueiro en su curioso libro De Magnete. Todas las cosas salen de Dios, que es el centro a un tiempo y la circunferencia de donde salen y donde paran todas las líneas criadas.
Yo de mí puedo asegurar que lo que no entiendo en un autor de una facultad, lo suelo entender en otro de otra que parece muy distante; y esos propios, al explicarse, abren ejemplos metafóricos de otras artes: como cuando dicen los lógicos que el medio se ha con los términos como se ha una medida con dos cuerpos distantes, para conferir si son iguales o no; y que la oración del lógico anda como la línea recta, por el camino más breve, y la del retórico se mueve, como la corva, por el más largo, pero van a un mismo punto los dos; y cuando dicen que los expositores son como la mano abierta y los escolásticos como el puño cerrado. Y así no es disculpa, ni por tal la doy, el haber estudiado diversas cosas, pues éstas antes se ayudan, sino que el no haber aprovechado ha sido ineptitud mía y debilidad de mi entendimiento, no culpa de la variedad. Lo que sí pudiera ser descargo mío es el sumo trabajo no sólo en carecer de maestro, sino de condiscípulos con quienes conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo sólo por maestro un libro mudo, por condiscípulo un tintero insensible; y en vez de explicación y ejercicio muchos estorbos, no sólo los de mis religiosas obligaciones (que éstas ya se sabe cuán útil y provechosamente gastan el tiempo) sino de aquellas cosas accesorias de una comunidad: como estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar; estar yo estudiando y pelear dos criadas y venirme a constituir juez de su pendencia; estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra con muy buena voluntad, donde es preciso no sólo admitir el embarazo, pero quedar agradecida del perjuicio. Y esto es continuamente, porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme a estorbar; y sólo saben cuánta verdad es ésta los que tienen experiencia de vida común, donde sólo la fuerza de la vocación puede hacer que mi natural esté gustoso, y el mucho amor que hay entre mí y mis amadas hermanas, que como el amor es unión, no hay para él extremos distantes.
En esto sí confieso que ha sido inexplicable mi trabajo; y así no puedo decir lo que con envidia oigo a otros: que no les ha costado afán el saber. ¡Dichosos ellos! A mí, no el saber (que aún no sé), sólo el desear saber me le ha costado tan grande que pudiera decir con mi Padre San Jerónimo (aunque no con su aprovechamiento): Quid ibi laboris insumpserim, quid sustinuerim difficultatis, quoties desperaverim, quotiesque cessaverim et contentione discendi rursus inceperim; testis est conscientia, tam mea, qui passus sum, quam eorum qui mecum duxerunt vitam. Menos los compañeros y testigos (que aun de ese alivio he carecido), lo demás bien puedo asegurar con verdad. ¡Y que haya sido tal esta mi negra inclinación, que todo lo haya vencido!
Solía sucederme que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan blando y tan afable y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, conociendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la suya: así, me solía ir los ratos que a unas y a otras nos sobraban, a consolarlas y recrearme con su conversación. Reparé que en este tiempo hacía falta a mi estudio, y hacía voto de no entrar en celda alguna si no me obligase a ello la obediencia o la caridad: porque, sin este freno tan duro, al de sólo propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacía por un mes o por quince días; y dando cuando se cumplía, un día o dos de treguas, lo volvía a renovar, sirviendo este día, no tanto a mi descanso (pues nunca lo ha sido para mí el no estudiar) cuanto a que no me tuviesen por áspera, retirada e ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas.
Bien se deja en esto conocer cuál es la fuerza de mi inclinación. Bendito sea Dios que quiso fuese hacia las letras y no hacia otro vicio, que fuera en mí casi insuperable; y bien se infiere también cuán contra la corriente han navegado (o por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aún falta por referir lo más arduo de las dificultades; que las de hasta aquí sólo han sido estorbos obligatorios y casuales, que indirectamente lo son; y faltan los positivos que directamente han tirado a estorbar y prohibir el ejercicio. ¿Quién no creerá, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones y persecuciones, cuantas no podré contar, y los que más nocivos y sensibles para mí han sido, no son aquéllos que con declarado odio y malevolencia me han perseguido, sino los que amándome y deseando mi bien (y por ventura, mereciendo mucho con Dios por la buena intención), me han mortificado y atormentado más que los otros, con aquel: "No conviene a la santa ignorancia que deben, este estudio; se ha de perder, se ha de desvanecer en tanta altura con su misma perspicacia y agudeza". ¿Qué me habrá costado resistir esto? ¡Rara especie de martirio donde yo era el mártir y me era el verdugo!
Pues por la --en mí dos veces infeliz-- habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado o cuáles no me han dejado de dar? Cierto, señora mía, que algunas veces me pongo a considerar que el que se señala --o le señala Dios, que es quien sólo lo puede hacer-- es recibido como enemigo común, porque parece a algunos que usurpa los aplausos que ellos merecen o que hace estanque de las admiraciones a que aspiraban, y así le persiguen.
Aquella ley políticamente bárbara de Atenas, por la cual salía desterrado de su república el que se señalaba en prendas y virtudes porque no tiranizase con ellas la libertad pública, todavía dura, todavía se observa en nuestros tiempos, aunque no hay ya aquel motivo de los atenienses; pero hay otro, no menos eficaz aunque no tan bien fundado, pues parece máxima del impío Maquiavelo: que es aborrecer al que se señala porque desluce a otros. Así sucede y así sucedió siempre.
Y si no, ¿cuál fue la causa de aquel rabioso odio de los fariseos contra Cristo, habiendo tantas razones para lo contrario? Porque si miramos su presencia, ¿cuál prenda más amable que aquella divina hermosura? ¿Cuál más poderosa para arrebatar los corazones? Si cualquiera belleza humana tiene jurisdicción sobre los albedríos y con blanda y apetecida violencia los sabe sujetar, ¿qué haría aquélla con tantas prerrogativas y dotes soberanos? ¿Qué haría, qué movería y qué no haría y qué no movería aquella incomprensible beldad, por cuyo hermoso rostro, como por un terso cristal, se estaban transparentando los rayos de la Divinidad? ¿Qué no movería aquel semblante, que sobre incomparables perfecciones en lo humano, señalaba iluminaciones de divino? Si el de Moisés, de sólo la conversación con Dios, era intolerable a la flaqueza de la vista humana, ¿qué sería el del mismo Dios humanado? Pues si vamos a las demás prendas, ¿cuál más amable que aquella celestial modestia, que aquella suavidad y blandura derramando misericordias en todos sus movimientos, aquella profunda humildad y mansedumbre, aquellas palabras de vida eterna y eterna sabiduría? Pues ¿cómo es posible que esto no les arrebatara las almas, que no fuesen enamorados y elevados tras él?
Dice la Santa Madre y madre mía Teresa, que después que vio la hermosura de Cristo quedó libre de poderse inclinar a criatura alguna, porque ninguna cosa veía que no fuese fealdad, comparada con aquella hermosura. Pues ¿cómo en los hombres hizo tan contrarios efectos? Y ya que como toscos y viles no tuvieran conocimiento ni estimación de sus perfecciones, siquiera como interesables ¿no les moviera sus propias conveniencias y utilidades en tantos beneficios como les hacía, sanando los enfermos, resucitando los muertos, curando los endemoniados? Pues ¿cómo no le amaban? ¡Ay Dios, que por eso mismo no le amaban, por eso mismo le aborrecían! Así lo testificaron ellos mismos.
Júntanse en su concilio y dicen: Quid facimus, quia hic homo multa signa facit? ¿Hay tal causa? Si dijeran: éste es un malhechor, un transgresor de la ley, un alborotador que con engaños alborota el pueblo, mintieran, como mintieron cuando lo decían; pero eran causales más congruentes a lo que solicitaban, que era quitarle la vida; mas dar por causal que hace cosas señaladas, no parece de hombres doctos, cuales eran los fariseos. Pues así es, que cuando se apasionan los hombres doctos prorrumpen en semejantes inconsecuencias. En verdad que sólo por eso salió determinado que Cristo muriese. Hombres, si es que así se os puede llamar, siendo tan brutos, ¿por qué es esa tan cruel determinación? No responden más sino que multa signa facit. ¡Válgame Dios, que el hacer cosas señaladas es causa para que uno muera! Haciendo reclamo este multa signa facit a aquel: radix Iesse, qui stat in signum populorum, y al otro: in signum cui contradicetur. ¿Por signo? ¡Pues muera! ¿Señalado? ¡Pues padezca, que eso es el premio de quien se señala!
Suelen en la eminencia de los templos colocarse por adorno unas figuras de los Vientos y de la Fama, y por defenderlas de las aves, las llenan todas de púas; defensa parece y no es sino propiedad forzosa: no puede estar sin púas que la puncen quien está en alto. Allí está la ojeriza del aire; allí es el rigor de los elementos; allí despican la cólera los rayos; allí es el blanco de piedras y flechas. ¡Oh infeliz altura, expuesta a tantos riesgos! ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contradicción! Cualquiera eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pensión; pero la que con más rigor la experimenta es la del entendimiento. Lo primero, porque es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve, y el entendimiento no, pues mientras es mayor es más modesto y sufrido y se defiende menos. Lo segundo es porque, como dijo doctamente Gracián, las ventajas en el entendimiento lo son en el ser. No por otra razón es el ángel más que el hombre que porque entiende más; no es otro el exceso que el hombre hace al bruto, sino solo entender; y así como ninguno quiere ser menos que otro, así ninguno confiesa que otro entiende más, porque es consecuencia del ser más. Sufrirá uno y confesará que otro es más noble que él, que es más rico, que es más hermoso y aun que es más docto; pero que es más entendido apenas habrá quien lo confiese: Rarus est, qui velit cedere ingenio. Por eso es tan eficaz la batería contra esta prenda.
Cuando los soldados hicieron burla, entretenimiento y diversión de Nuestro Señor Jesucristo, trajeron una púrpura vieja y una caña hueca y una corona de espinas para coronarle por rey de burlas. Pues ahora, la caña y la púrpura eran afrentosas, pero no dolorosas; pues ¿por qué sólo la corona es dolorosa? ¿No basta que, como las demás insignias, fuese de escarnio e ignominia, pues ése era el fin? No, porque la sagrada cabeza de Cristo y aquel divino cerebro eran depósito de la sabiduría; y cerebro sabio en el mundo no basta que esté escarnecido, ha de estar también lastimado y maltratado; cabeza que es erario de sabiduría no espere otra corona que de espinas. ¿Cuál guirnalda espera la sabiduría humana si ve la que obtuvo la divina? Coronaba la soberbia romana las diversas hazañas de sus capitanes también con diversas coronas: ya con la cívica al que defendía al ciudadano; ya con la castrense al que entraba en los reales enemigos; ya con la mural al que escalaba el muro; ya con la obsidional al que libraba la ciudad cercada o el ejército sitiado o el campo o en los reales; ya con la naval, ya con la oval, ya con la triunfal otras hazañas, según refieren Plinio y Aulo Gelio; mas viendo yo tantas diferencias de coronas, dudaba de cuál especie sería la de Cristo, y me parece que fue obsidional, que (como sabéis, señora) era la más honrosa y se llamaba obsidional de obsidio, que quiere decir cerco; la cual no se hacía de oro ni de plata, sino de la misma grama o yerba que cría el campo en que se hacía la empresa. Y como la hazaña de Cristo fue hacer levantar el cerco al Príncipe de las Tinieblas, el cual tenía sitiada toda la tierra, como lo dice en el libro de Job: Circuivi terram et ambulavi per eam y de él dice San Pedro: Circuit, quaerens quem devoret; y vino nuestro caudillo y le hizo levantar el cerco: nunc princeps huius mundi eiicietur foras, así los soldados le coronaron no con oro ni plata, sino con el fruto natural que producía el mundo que fue el campo de la lid, el cual, después de la maldición, spinas et tribulos germinabit tibi, no producía otra cosa que espinas; y así fue propísima corona de ellas en el valeroso y sabio vencedor con que le coronó su madre la Sinagoga; saliendo a ver el doloroso triunfo, como al del otro Salomón festivas, a éste llorosas las hijas de Sión, porque es el triunfo de sabio obtenido con dolor y celebrado con llanto, que es el modo de triunfar la sabiduría; siendo Cristo, como rey de ella, quien estrenó la corona, porque santificada en sus sienes, se quite el horror a los otros sabios y entiendan que no han de aspirar a otro honor.
Quiso la misma Vida ir a dar la vida a Lázaro difunto; ignoraban los discípulos el intento y le replicaron: Rabbi, nunc quaerebant te Iudaei lapidare, et iterum vadis illuc? Satisfizo el Redentor el temor: Nonne duodecim sunt horae diei? Hasta aquí, parece que temían porque tenían el antecedente de quererle apedrear porque les había reprendido llamándoles ladrones y no pastores de las ovejas. Y así, temían que si iba a lo mismo (como las reprensiones, aunque sean tan justas, suelen ser mal reconocidas), corriese peligro su vida; pero ya desengañados y enterados de que va a dar vida a Lázaro, ¿cuál es la razón que pudo mover a Tomás para que tomando aquí los alientos que en el huerto Pedro: Eamus et nos, ut moriamur cum eo. ¿Qué dices, apóstol santo? A morir no va el Señor, ¿de qué es el recelo? Porque a lo que Cristo va no es a reprender, sino a hacer una obra de piedad, y por esto no le pueden hacer mal. Los mismos judíos os podían haber asegurado, pues cuando los reconvino, queriéndole apedrear: Multa bona opera ostendi vobis ex Patre meo, propter quod eorum opus me lapidatis?, le respondieron: De bono opere non lapidamus te, sed de blasphemia. Pues si ellos dicen que no le quieren apedrear por las buenas obras y ahora va a hacer una tan buena como dar la vida a Lázaro, ¿de qué es el recelo o por qué? ¿No fuera mejor decir: Vamos a gozar el fruto del agradecimiento de la buena obra que va a hacer nuestro Maestro; a verle aplaudir y rendir gracias al beneficio; a ver las admiraciones que hacen del milagro? Y no decir, al parecer una cosa tan fuera del caso como es: Eamus et nos, ut moriamur cum eo. Mas ¡ay! que el Santo temió como discreto y habló como apóstol. ¿No va Cristo a hacer un milagro? Pues ¿qué mayor peligro? Menos intolerable es para la soberbia oír las reprensiones, que para la envidia ver los milagros. En todo lo dicho, venerable señora, no quiero (ni tal desatino cupiera en mí) decir que me han perseguido por saber, sino sólo porque he tenido amor a la sabiduría y a las letras, no porque haya conseguido ni uno ni otro.
Hallábase el Príncipe de los Apóstoles, en un tiempo, tan distante de la sabiduría como pondera aquel enfático: Petrus vero sequebatur eum a longe; tan lejos de los aplausos de docto quien tenía el título de indiscreto: Nesciens quid diceret; y aun examinado del conocimiento de la sabiduría dijo él mismo que no había alcanzado la menor noticia: Mulier, nescio quid dicis. Mulier, non novi illum. Y ¿qué le sucede? Que teniendo estos créditos de ignorante, no tuvo la fortuna, sí las aflicciones, de sabio. ¿Por qué? No se dio otra causal sino: Et hic cum illo erat. Era afecto a la sabiduría, llevábale el corazón, andábase tras ella, preciábase de seguidor y amoroso de la sabiduría; y aunque era tan a longe que no le comprendía ni alcanzaba, bastó para incurrir sus tormentos. Ni faltó soldado de fuera que no le afligiese, ni mujer doméstica que no le aquejase. Yo confieso que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he deseado seguir, aunque a longe. Pero todo ha sido acercarme más al fuego de la persecución, al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar que se me prohiba el estudio.
Una vez lo consiguieron una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin refleja; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay alguna que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe. Así yo, vuelvo a decir, las miraba y admiraba todas; de tal manera que de las mismas personas con quienes hablaba, y de lo que me decían, me estaban resaltando mil consideraciones: ¿De dónde emanaría aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una especie? ¿Cuáles serían los temperamentos y ocultas cualidades que lo ocasionaban? Si veía una figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y mediándola con el entendimiento y reduciéndola a otras diferentes. Paseábame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no. Porque, aunque lo parece, podía ser engaño de la vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas.
Este modo de reparos en todo me sucedía y sucede siempre, sin tener yo arbitrio en ello, que antes me suelo enfadar porque me cansa la cabeza; y yo creía que a todos sucedía esto mismo y el hacer versos, hasta que la experiencia me ha mostrado lo contrario; y es de tal manera esta naturaleza o costumbre, que nada veo sin segunda consideración. Estaban en mi presencia dos niñas jugando con un trompo, y apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con esta mi locura, a considerar el fácil moto de la forma esférica, y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bailaba el trompillo; y no contenta con esto, hice traer harina y cernerla para que, en bailando el trompo encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que describía con su movimiento; y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuanto se iba remitiendo el impulso. Jugaban otras a los alfileres (que es el más frívolo juego que usa la puerilidad); yo me llegaba a contemplar las figuras que formaban; y viendo que acaso se pusieron tres en triángulo, me ponía a enlazar uno en otro, acordándome de que aquélla era la figura que dicen tenía el misterioso anillo de Salomón, en que había unas lejanas luces y representaciones de la Santísima Trinidad, en virtud de lo cual obraba tantos prodigios y maravillas; y la misma que dicen tuvo el arpa de David, y que por eso sanaba Saúl a su sonido; y casi la misma conservan las arpas en nuestros tiempos.
Pues ¿qué os pudiera contar, Señora, de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria; ver que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azúcar, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera noticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos, porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, que consumían más espíritus en un cuarto de hora que el estudio de los libros en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese; y más, Señora mía, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa; antes suele obrar en él más libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosiego las especies que ha conservado del día, arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcanzado dormida mejor que despierta, y las dejo por no cansaros, pues basta lo dicho para que vuestra discreción y trascendencia penetre y se entere perfectamente en todo mi natural y del principio, medios y estado de mis estudios.
Si éstos, Señora, fueran méritos (como los veo por tales celebrar en los hombres), no lo hubieran sido en mí, porque obro necesariamente. Si son culpa, por la misma razón creo que no la he tenido; mas, con todo, vivo siempre tan desconfiada de mí, que ni en esto ni en otra cosa me fío de mi juicio; y así remito la decisión a ese soberano talento, sometiéndome luego a lo que sentenciare, sin contradición ni repugnancia, pues esto no ha sido más de una simple narración de mi inclinación a las letras.
Confieso también que con ser esto verdad tal que, como he dicho, no necesitaba de ejemplares, con todo no me han dejado de ayudar los muchos que he leído, así en divinas como en humanas letras. Porque veo a una Débora dando leyes, así en lo militar como en lo político, y gobernando el pueblo donde había tantos varones doctos. Veo una sapientísima reina de Sabá, tan docta que se atreve a tentar con enigmas la sabiduría del mayor de los sabios, sin ser por ello reprendida, antes por ello será juez de los incrédulos. Veo tantas y tan insignes mujeres: unas adornadas del don de profecía, como una Abigaíl; otras de persuasión, como Ester; otras, de piedad, como Rahab; otras de perseverancia, como Ana, madre de Samuel; y otras infinitas, en otras especies de prendas y virtudes.
Si revuelvo a los gentiles, lo primero que encuentro es con las Sibilas, elegidas de Dios para profetizar los principales misterios de nuestra Fe; y en tan doctos y elegantes versos que suspenden la admiración. Veo adorar por diosa de las ciencias a una mujer como Minerva, hija del primer Júpiter y maestra de toda la sabiduría de Atenas. Veo una Pola Argentaria, que ayudó a Lucano, su marido, a escribir la gran Batalla Farsálica. Veo a la hija del divino Tiresias, más docta que su padre. Veo a una Cenobia, reina de los Palmirenos, tan sabia como valerosa. A una Arete, hija de Aristipo, doctísima. A una Nicostrata, inventora de las letras latinas y eruditísima en las griegas. A una Aspasia Milesia que enseñó filosofía y retórica y fue maestra del filósofo Pericles. A una Hipasia que enseñó astrología y leyó mucho tiempo en Alejandría. A una Leoncia, griega, que escribió contra el filósofo Teofrasto y le convenció. A una Jucia, a una Corina, a una Cornelia; y en fin a toda la gran turba de las que merecieron nombres, ya de griegas, ya de musas, ya de pitonisas; pues todas no fueron más que mujeres doctas, tenidas y celebradas y también veneradas de la antigüedad por tales. Sin otras infinitas, de que están los libros llenos, pues veo aquella egipcíaca Catarina, leyendo y convenciendo todas las sabidurías de los sabios de Egipto. Veo una Gertrudis leer, escribir y enseñar. Y para no buscar ejemplos fuera de casa, veo una santísima madre mía, Paula, docta en las lenguas hebrea, griega y latina y aptísima para interpretar las Escrituras. ¿Y qué más que siendo su cronista un Máximo Jerónimo, apenas se hallaba el Santo digno de serlo, pues con aquella viva ponderación y enérgica eficacia con que sabe explicarse dice: Si todos los miembros de mi cuerpo fuesen lenguas, no bastarían a publicar la sabiduría y virtud de Paula. Las mismas alabanzas le mereció Blesila, viuda; y las mismas la esclarecida virgen Eustoquio, hijas ambas de la misma Santa; y la segunda, tal, que por su ciencia era llamada Prodigio del Mundo. Fabiola, romana, fue también doctísima en la Sagrada Escritura. Proba Falconia, mujer romana, escribió un elegante libro con centones de Virgilio, de los misterios de Nuestra Santa Fe. Nuestra reina Doña Isabel, mujer del décimo Alfonso, es corriente que escribió de astrología. Sin otras que omito por no trasladar lo que otros han dicho (que es vicio que siempre he abominado), pues en nuestros tiempos está floreciendo la gran Cristina Alejandra, Reina de Suecia, tan docta como valerosa y magnánima, y las Excelentísimas señoras Duquesa de Aveyro y Condesa de Villaumbrosa.
El venerable Doctor Arce (digno profesor de Escritura por su virtud y letras), en su Studioso Bibliorum excita esta cuestión: An liceat foeminis sacrorum Bibliorum studio incumbere? eaque interpretari? Y trae por la parte contraria muchas sentencias de santos, en especial aquello del Apóstol: Mulieres in Ecclesiis taceant, non enim permittitur eis loqui, etc. Trae después otras sentencias, y del mismo Apóstol aquel lugar ad Titum: Anus similiter in habitu sancto, bene docentes, con interpretaciones de los Santos Padres; y al fin resuelve, con su prudencia, que el leer públicamente en las cátedras y predicar en los púlpitos, no es lícito a las mujeres; pero que el estudiar, escribir y enseñar privadamente, no sólo les es lícito, pero muy provechoso y útil; claro está que esto no se debe entender con todas, sino con aquellas a quienes hubiere Dios dotado de especial virtud y prudencia y que fueren muy provectas y eruditas y tuvieren el talento y requisitos necesarios para tan sagrado empleo. Y esto es tan justo que no sólo a las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras, en no siendo muy doctos y virtuosos y de ingenios dóciles y bien inclinados; porque de lo contrario creo yo que han salido tantos sectarios y que ha sido la raíz de tantas herejías; porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios, amigos de novedades en la Ley (que es quien las rehusa); y así hasta que por decir lo que nadie ha dicho dicen una herejía, no están contentos. De éstos dice el Espíritu Santo: In malevolam animam non introibit sapientia. A éstos, más daño les hace el saber que les hiciera el ignorar. Dijo un discreto que no es necio entero el que no sabe latín, pero el que lo sabe está calificado. Y añado yo que le perfecciona (si es perfección la necedad) el haber estudiado su poco de filosofía y teología y el tener alguna noticia de lenguas, que con eso es necio en muchas ciencias y lenguas: porque un necio grande no cabe en sólo la lengua materna.
A éstos, vuelvo a decir, hace daño el estudiar, porque es poner espada en manos del furioso; que siendo instrumento nobilísimo para la defensa, en sus manos es muerte suya y de muchos. Tales fueron las Divinas Letras en poder del malvado Pelagio y del protervo Arrio, del malvado Lutero y de los demás heresiarcas, como lo fue nuestro Doctor (nunca fue nuestro ni doctor) Cazalla; a los cuales hizo daño la sabiduría porque, aunque es el mejor alimento y vida del alma, a la manera que en el estómago mal acomplexionado y de viciado calor, mientras mejores los alimentos que recibe, más áridos, fermentados y perversos son los humores que cría, así estos malévolos, mientras más estudian, peores opiniones engendran; obstrúyeseles el entendimiento con lo mismo que había de alimentarse, y es que estudian mucho y digieren poco, sin proporcionarse al vaso limitado de sus entendimientos. A esto dice el Apóstol: Dico enim per gratiam quae data est mihi, omnibus qui sunt inter vos: Non plus sapere quam oportet sapere, sed sapere ad sobrietatem: et unicuique sicut Deus divisit mensuram fidei. Y en verdad no lo dijo el Apóstol a las mujeres, sino a los hombres; y que no es sólo para ellas el taceant, sino para todos los que no fueren muy aptos. Querer yo saber tanto o más que Aristóteles o que San Agustín, si no tengo la aptitud de San Agustín o de Aristóteles, aunque estudie más que los dos, no sólo no lo conseguiré sino que debilitaré y entorpeceré la operación de mi flaco entendimiento con la desproporción del objeto.
¡Oh si todos --y yo la primera, que soy una ignorante-- nos tomásemos la medida al talento antes de estudiar, y lo peor es, de escribir con ambiciosa codicia de igualar y aun de exceder a otros, qué poco ánimo nos quedara y de cuántos errores nos excusáramos y cuántas torcidas inteligencias que andan por ahí no anduvieran! Y pongo las mías en primer lugar, pues si conociera, como debo, esto mismo no escribiera. Y protesto que sólo lo hago por obedeceros; con tanto recelo, que me debéis más en tomar la pluma con este temor, que me debiérades si os remitiera más perfectas obras. Pero, bien que va a vuestra corrección; borradlo, rompedlo y reprendedme, que eso apreciaré yo más que todo cuanto vano aplauso me pueden otros dar: Corripiet me iustus in misericordia, et increpabit: oleum autem peccatoris non impinguet caput meum.
Y volviendo a nuestro Arce, digo que trae en confirmación de su sentir aquellas palabras de mi Padre San Jerónimo (ad Laetam, de institutione filiae), donde dice: Adhuc tenera lingua psalmis dulcibus imbuatur. Ipsa nomina per quae consuescit paulatim verba contexere; non sint fortuita, sed certa, et coacervata de industria. Prophetarum videlicet, atque Apostolorum, et omnis ab Adam Patriarcharum series, de Matthaeo, Lucaque descendat, ut dum aliud agit, futurae memoriae praeparetur. Reddat tibi pensum quotidie, de Scripturarum floribus carptum. Pues si así quería el Santo que se educase una niña que apenas empezaba a hablar, ¿qué querrá en sus monjas y en sus hijas espirituales? Bien se conoce en las referidas Eustoquio y Fabiola y en Marcela, su hermana Pacátula y otras a quienes el Santo honra en sus epístolas, exhortándolas a este sagrado ejercicio, como se conoce en la citada epístola donde noté yo aquel reddat tibi pensum, que es reclamo y concordante del bene docentes de San Pablo; pues el reddat tibi de mi gran Padre da a entender que la maestra de la niña ha de ser la misma Leta su madre.
¡Oh cuántos daños se excusaran en nuestra república si las ancianas fueran doctas como Leta, y que supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo! Y no que por defecto de esto y la suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres, si algunos padres desean doctrinar más de lo ordinario a sus hijas, les fuerza la necesidad y falta de ancianas sabias, a llevar maestros hombres a enseñar a leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos de desiguales consorcios, porque con la inmediación del trato y la comunicación del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible. Por lo cual, muchos quieren más dejar bárbaras e incultas a sus hijas que no exponerlas a tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres, lo cual se excusara si hubiera ancianas doctas, como quiere San Pablo, y de unas en otras fuese sucediendo el magisterio como sucede en el de hacer labores y lo demás que es costumbre.
Porque ¿qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las doncellas? Y no que éstas o se pierden por falta de doctrina o por querérsela aplicar por tan peligrosos medios cuales son los maestros hombres, que cuando no hubiera más riesgo que la indecencia de sentarse al lado de una mujer verecunda (que aun se sonrosea de que la mire a la cara su propio padre) un hombre tan extraño, a tratarla con casera familiaridad y a tratarla con magistral llaneza, el pudor del trato con los hombres y de su conversación basta para que no se permitiese. Y no hallo yo que este modo de enseñar de hombres a mujeres pueda ser sin peligro, si no es en el severo tribunal de un confesonario o en la distante docencia de los púlpitos o en el remoto conocimiento de los libros, pero no en el manoseo de la inmediación. Y todos conocen que esto es verdad; y con todo, se permite sólo por el defecto de no haber ancianas sabias; luego es grande daño el no haberlas. Esto debían considerar los que atados al Mulieres in Ecclesia taceant, blasfeman de que las mujeres sepan y enseñen; como que no fuera el mismo Apóstol el que dijo: bene docentes. Demás de que aquella prohibición cayó sobre lo historial que refiere Eusebio, y es que en la Iglesia primitiva se ponían las mujeres a enseñar las doctrinas unas a otras en los templos; y este rumor confundía cuando predicaban los apóstoles y por eso se les mandó callar; como ahora sucede, que mientras predica el predicador no se reza en alta voz.
No hay duda de que para inteligencia de muchos lugares es menester mucha historia, costumbres, ceremonias, proverbios y aun maneras de hablar de aquellos tiempos en que se escribieron, para saber sobre qué caen y a qué aluden algunas locuciones de las divinas letras. Scindite corda vestra, et non vestimenta vestra, ¿no es alusión a la ceremonia que tenían los hebreos de rasgar los vestidos, en señal de dolor, como lo hizo el mal pontífice cuando dijo que Cristo había blasfemado? Muchos lugares del Apóstol sobre el socorro de las viudas ¿no miraban también a las costumbres de aquellos tiempos? Aquel lugar de la mujer fuerte: Nobilis in portis vir eius ¿no alude a la costumbre de estar los tribunales de los jueces en las puertas de las ciudades? El dare terram Deo ¿no significaba hacer algún voto? Hiemantes ¿no se llamaban los pecadores públicos, porque hacían penitencia a cielo abierto, a diferencia de los otros que la hacían en un portal? Aquella queja de Cristo al fariseo de la falta del ósculo y lavatorio de pies ¿no se fundó en la costumbre que de hacer estas cosas tenían los judíos? Y otros infinitos lugares no sólo de las letras divinas sino también de las humanas, que se topan a cada paso, como el adorate purpuram, que significaba obedecer al rey; el manumittere eum, que significa dar libertad, aludiendo a la costumbre y ceremonia de dar una bofetada al esclavo para darle libertad. Aquel intonuit coelum, de Virgilio, que alude al agüero de tronar hacia occidente, que se tenía por bueno. Aquel tu nunquam leporem edisti, de Marcial, que no sólo tiene el donaire de equívoco en el leporem, sino la alusión a la propiedad que decían tener la liebre. Aquel proverbio: Maleam legens, quae sunt domi obliviscere, que alude al gran peligro del promontorio de Laconia. Aquella respuesta de la casta matrona al pretensor molesto, de: "por mí no se untarán los quicios, ni arderán las teas", para decir que no quería casarse, aludiendo a la ceremonia de untar las puertas con manteca y encender las teas nupciales en los matrimonios; como si ahora dijéramos: por mí no se gastarán arras ni echará bendiciones el cura. Y así hay tanto comento de Virgilio y de Homero y de todos los poetas y oradores. Pues fuera de esto, ¿qué dificultades no se hallan en los lugares sagrados, aun en lo gramatical, de ponerse el plural por singular, de pasar de segunda a tercera persona, como aquello de los Cantares: osculetur me osculo oris sui: quia meliora sunt ubera tua vino? Aquel poner los adjetivos en genitivo, en vez de acusativo, como Calicem salutaris accipiam? Aquel poner el femenino por masculino; y, al contrario, llamar adulterio a cualquier pecado?
Todo esto pide más lección de lo que piensan algunos que, de meros gramáticos, o cuando mucho con cuatro términos de Súmulas, quieren interpretar las Escrituras y se aferran del Mulieres in Ecclesiis taceant, sin saber cómo se ha de entender. Y de otro lugar: Mulier in silentio discat; siendo este lugar más en favor que en contra de las mujeres, pues manda que aprendan, y mientras aprenden claro está que es necesario que callen. Y también está escrito: Audi Israel, et tace; donde se habla con toda la colección de los hombres y mujeres, y a todos se manda callar, porque quien oye y aprende es mucha razón que atienda y calle. Y si no, yo quisiera que estos intérpretes y expositores de San Pablo me explicaran cómo entienden aquel lugar: Mulieres in Ecclesia taceant. Porque o lo han de entender de lo material de los púlpitos y cátedras, o de lo formal de la universalidad de los fieles, que es la Iglesia. Si lo entienden de lo primero (que es, en mi sentir, su verdadero sentido, pues vemos que, con efecto, no se permite en la Iglesia que las mujeres lean públicamente ni prediquen), ¿por qué reprenden a las que privadamente estudian? Y si lo entienden de lo segundo y quieren que la prohibición del Apóstol sea trascendentalmente, que ni en lo secreto se permita escribir ni estudiar a las mujeres, ¿cómo vemos que la Iglesia ha permitido que escriba una Gertrudis, una Teresa, una Brígida, la monja de Ágreda y otras muchas? Y si me dicen que éstas eran santas, es verdad, pero no obsta a mi argumento; lo primero, porque la proposición de San Pablo es absoluta y comprende a todas las mujeres sin excepción de santas, pues también en su tiempo lo eran Marta y María, Marcela, María madre de Jacob, y Salomé, y otras muchas que había en el fervor de la primitiva Iglesia, y no las exceptúa; y ahora vemos que la Iglesia permite escribir a las mujeres santas y no santas, pues la de Ágreda y María de la Antigua no están canonizadas y corren sus escritos; y ni cuando Santa Teresa y las demás escribieron, lo estaban: luego la prohibición de San Pablo sólo miró a la publicidad de los púlpitos, pues si el Apóstol prohibiera el escribir, no lo permitiera la Iglesia. Pues ahora, yo no me atrevo a enseñar --que fuera en mí muy desmedida presunción--; y el escribir, mayor talento que el mío requiere y muy grande consideración. Así lo dice San Cipriano: Gravi consideratione indigent, quae scribimus. Lo que sólo he deseado es estudiar para ignorar menos: que, según San Agustín, unas cosas se aprenden para hacer y otras para sólo saber: Discimus quaedam, ut sciamus; quaedam, ut faciamus. Pues ¿en qué ha estado el delito, si aun lo que es lícito a las mujeres, que es enseñar escribiendo, no hago yo porque conozco que no tengo caudal para ello, siguiendo el consejo de Quintiliano: Noscat quisque, et non tantum ex alienis praeceptis, sed ex natura sua capiat consilium?
Si el crimen está en la Carta Atenagórica, ¿fue aquélla más que referir sencillamente mi sentir con todas las venias que debo a nuestra Santa Madre Iglesia? Pues si ella, con su santísima autoridad, no me lo prohibe, ¿por qué me lo han de prohibir otros? ¿Llevar una opinión contraria de Vieyra fue en mí atrevimiento, y no lo fue en su Paternidad llevarla contra los tres Santos Padres de la Iglesia? Mi entendimiento tal cual ¿no es tan libre como el suyo, pues viene de un solar? ¿Es alguno de los principios de la Santa Fe, revelados, su opinión, para que la hayamos de creer a ojos cerrados? Demás que yo ni falté al decoro que a tanto varón se debe, como acá ha faltado su defensor, olvidado de la sentencia de Tito Lucio: Artes committatur decor; ni toqué a la Sagrada Compañía en el pelo de la ropa; ni escribí más que para el juicio de quien me lo insinuó; y según Plinio, non similis est conditio publicantis, et nominatim dicentis. Que si creyera se había de publicar, no fuera con tanto desaliño como fue. Si es, como dice el censor, herética, ¿por qué no la delata? y con eso él quedará vengado y yo contenta, que aprecio, como debo, más el nombre de católica y de obediente hija de mi Santa Madre Iglesia, que todos los aplausos de docta. Si está bárbara --que en eso dice bien--, ríase, aunque sea con la risa que dicen del conejo, que yo no le digo que me aplauda, pues como yo fui libre para disentir de Vieyra, lo será cualquiera para disentir de mi dictamen.
Pero ¿dónde voy, Señora mía? Que esto no es de aquí, ni es para vuestros oídos, sino que como voy tratando de mis impugnadores, me acordé de las cláusulas de uno que ha salido ahora, e insensiblemente se deslizó la pluma a quererle responder en particular, siendo mi intento hablar en general. Y así, volviendo a nuestro Arce, dice que conoció en esta ciudad dos monjas: la una en el convento de Regina, que tenía el Breviario de tal manera en la memoria, que aplicaba con grandísima prontitud y propiedad sus versos, salmos y sentencias de homilías de los santos, en las conversaciones. La otra, en el convento de la Concepción, tan acostumbrada a leer las Epístolas de mi Padre San Jerónimo, y locuciones del Santo, de tal manera que dice Arce: Hieronymum ipsum hispane loquentem audire me existimarem. Y de ésta dice que supo, después de su muerte, había traducido dichas Epístolas en romance; y se duele de que tales talentos no se hubieran empleado en mayores estudios con principios científicos, sin decir los nombres de la una ni de la otra, aunque las trae para confirmación de su sentencia, que es que no sólo es lícito, pero utilísimo y necesario a las mujeres el estudio de las sagradas letras, y mucho más a las monjas, que es lo mismo a que vuestra discreción me exhorta y a que concurren tantas razones.
Pues si vuelvo los ojos a la tan perseguida habilidad de hacer versos —que en mí es tan natural, que aun me violento para que esta carta no lo sean, y pudiera decir aquello de Quidquid conabar dicere, versus erat—, viéndola condenar a tantos tanto y acriminar, he buscado muy de propósito cuál sea el daño que puedan tener, y no le he hallado; antes sí los veo aplaudidos en las bocas de las Sibilas; santificados en las plumas de los Profetas, especialmente del Rey David, de quien dice el gran expositor y amado Padre mío, dando razón de las mensuras de sus metros: In morem Flacci et Pindari nunc iambo currit, nunc alcaico personat, nunc sapphico tumet, nunc semipede ingreditur. Los más de los libros sagrados están en metro, como el Cántico de Moisés; y los de Job, dice San Isidoro, en sus Etimologías, que están en verso heroico. En los Epitalamios los escribió Salomón; en los Trenos, Jeremías. Y así dice Casiodoro: Omnis poetica locutio a Divinis scripturis sumpsit exordium. Pues nuestra Iglesia Católica no sólo no los desdeña, mas los usa en sus Himnos y recita los de San Ambrosio, Santo Tomás, de San Isidoro y otros. San Buenaventura les tuvo tal afecto que apenas hay plana suya sin versos. San Pablo bien se ve que los había estudiado, pues los cita, y traduce el de Arato: In ipso enim vivimus, et movemur, et sumus, y alega el otro de Parménides: Cretenses semper mendaces, malae bestiae, pigri. San Gregorio Nacianceno disputa en elegantes versos las cuestiones de Matrimonio y la de la Virginidad. Y ¿qué me canso? La Reina de la Sabiduría y Señora nuestra, con sus sagrados labios, entonó el Cántico de la Magnificat; y habiéndola traído por ejemplar, agravio fuera traer ejemplos profanos, aunque sean de varones gravísimos y doctísimos, pues esto sobra para prueba; y el ver que, aunque como la elegancia hebrea no se pudo estrechar a la mensura latina, a cuya causa el traductor sagrado, más atento a lo importante del sentido, omitió el verso, con todo, retienen los Salmos el nombre y divisiones de versos; pues ¿cuál es el daño que pueden tener ellos en sí? Porque el mal uso no es culpa del arte, sino del mal profesor que los vicia, haciendo de ellos lazos del demonio; y esto en todas las facultades y ciencias sucede.
Pues si está el mal en que los use una mujer, ya se ve cuántas los han usado loablemente; pues ¿en qué está el serlo yo? Confieso desde luego mi ruindad y vileza; pero no juzgo que se habrá visto una copla mía indecente. Demás, que yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos; de tal manera, que no me acuerdo haber escrito por mi gusto sino es un papelillo que llaman El Sueño. Esa carta que vos, Señora mía, honrasteis tanto, la escribí con más repugnancia que otra cosa; y así porque era de cosas sagradas a quienes (como he dicho) tengo reverente temor, como porque parecía querer impugnar, cosa a que tengo aversión natural. Y creo que si pudiera haber prevenido el dichoso destino a que nacía --pues, como a otro Moisés, la arrojé expósita a las aguas del Nilo del silencio, donde la halló y acarició una princesa como vos--; creo, vuelvo a decir, que si yo tal pensara, la ahogara antes entre las mismas manos en que nacía, de miedo de que pareciesen a la luz de vuestro saber los torpes borrones de mi ignorancia. De donde se conoce la grandeza de vuestra bondad, pues está aplaudiendo vuestra voluntad lo que precisamente ha de estar repugnando vuestro clarísimo entendimiento. Pero ya que su ventura la arrojó a vuestras puertas, tan expósita y huérfana que hasta el nombre le pusisteis vos, pésame que, entre más deformidades, llevase también los defectos de la prisa; porque así por la poca salud que continuamente tengo, como por la sobra de ocupaciones en que me pone la obediencia, y carecer de quien me ayude a escribir, y estar necesitada a que todo sea de mi mano y porque, como iba contra mi genio y no quería más que cumplir con la palabra a quien no podía desobedecer, no veía la hora de acabar; y así dejé de poner discursos enteros y muchas pruebas que se me ofrecían, y las dejé por no escribir más; que, a saber que se había de imprimir, no las hubiera dejado, siquiera por dejar satisfechas algunas objeciones que se han excitado, y pudiera remitir, pero no seré tan desatenta que ponga tan indecentes objetos a la pureza de vuestros ojos, pues basta que los ofenda con mis ignorancias, sin que los remita a ajenos atrevimientos. Si ellos por sí volaren por allá (que son tan livianos que sí harán), me ordenaréis lo que debo hacer; que, si no es interviniendo vuestros preceptos, lo que es por mi defensa nunca tomaré la pluma, porque me parece que no necesita de que otro le responda, quien en lo mismo que se oculta conoce su error, pues, como dice mi Padre San Jerónimo, bonus sermo secreta non quaerit, y San Ambrosio: latere criminosae est conscientiae. Ni yo me tengo por impugnada, pues dice una regla del Derecho: Accusatio non tenetur si non curat de persona, quae produxerit illam. Lo que sí es de ponderar es el trabajo que le ha costado el andar haciendo traslados. ¡Rara demencia: cansarse más en quitarse el crédito que pudiera en granjearlo! Yo, Señora mía, no he querido responder; aunque otros lo han hecho, sin saberlo yo: basta que he visto algunos papeles, y entre ellos uno que por docto os remito y porque el leerle os desquite parte del tiempo que os he malgastado en lo que yo escribo. Si vos, Señora, gustáredes de que yo haga lo contrario de lo que tenía propuesto a vuestro juicio y sentir, al menor movimiento de vuestro gusto cederá, como es razón, mi dictamen que, como os he dicho, era de callar, porque aunque dice San Juan Crisóstomo: calumniatores convincere oportet, interrogatores docere, veo que también dice San Gregorio: Victoria non minor est, hostes tolerare, quam hostes vincere; y que la paciencia vence tolerando y triunfa sufriendo. Y si entre los gentiles romanos era costumbre, en la más alta cumbre de la gloria de sus capitanes --cuando entraban triunfando de las naciones, vestidos de púrpura y coronados de laurel, tirando el carro, en vez de brutos, coronadas frentes de vencidos reyes, acompañados de los despojos de las riquezas de todo el mundo y adornada la milicia vencedora de las insignias de sus hazañas, oyendo los aplausos populares en tan honrosos títulos y renombres como llamarlos Padres de la Patria, Columnas del Imperio, Muros de Roma, Amparos de la República y otros nombres gloriosos--, que en este supremo auge de la gloria y felicidad humana fuese un soldado, en voz alta diciendo al vencedor, como con sentimiento suyo y orden del Senado: Mira que eres mortal; mira que tienes tal y tal defecto; sin perdonar los más vergonzosos, como sucedió en el triunfo de César, que voceaban los más viles soldados a sus oídos: Cavete romani, adducimus vobis adulterum calvum. Lo cual se hacía porque en medio de tanta honra no se desvaneciese el vencedor, y porque el lastre de estas afrentas hiciese contrapeso a las velas de tantos aplausos, para que no peligrase la nave del juicio entre los vientos de las aclamaciones. Si esto, digo, hacían unos gentiles, con sola la luz de la Ley Natural, nosotros, católicos, con un precepto de amar a los enemigos, ¿qué mucho haremos en tolerarlos? Yo de mí puedo asegurar que las calumnias algunas veces me han mortificado, pero nunca me han hecho daño, porque yo tengo por muy necio al que teniendo ocasión de merecer, pasa el trabajo y pierde el mérito, que es como los que no quieren conformarse al morir y al fin mueren sin servir su resistencia de excusar la muerte, sino de quitarles el mérito de la conformidad, y de hacer mala muerte la muerte que podía ser bien. Y así, Señora mía, estas cosas creo que aprovechan más que dañan, y tengo por mayor el riesgo de los aplausos en la flaqueza humana, que suelen apropiarse lo que no es suyo, y es menester estar con mucho cuidado y tener escritas en el corazón aquellas palabras del Apóstol: Quid autem habes quod non accepisti? Si autem accepisti, quid gloriaris quasi non acceperis?, para que sirvan de escudo que resista las puntas de las alabanzas, que son lanzas que, en no atribuyéndose a Dios, cuyas son, nos quitan la vida y nos hacen ser ladrones de la honra de Dios y usurpadores de los talentos que nos entregó y de los dones que nos prestó y de que hemos de dar estrechísima cuenta. Y así, Señora, yo temo más esto que aquello; porque aquello, con sólo un acto sencillo de paciencia, está convertido en provecho; y esto, son menester muchos actos reflexos de humildad y propio conocimiento para que no sea daño. Y así, de mí lo conozco y reconozco que es especial favor de Dios el conocerlo, para saberme portar en uno y en otro con aquella sentencia de San Agustín: Amico laudanti credendum non est, sicut nec inimico detrahenti. Aunque yo soy tal que las más veces lo debo de echar a perder o mezclarlo con tales defectos e imperfecciones, que vicio lo que de suyo fuera bueno. Y así, en lo poco que se ha impreso mío, no sólo mi nombre, pero ni el consentimiento para la impresión ha sido dictamen propio, sino libertad ajena que no cae debajo de mi dominio, como lo fue la impresión de la Carta Atenagórica; de suerte que solamente unos Ejercicios de la Encarnación y unos Ofrecimientos de los Dolores, se imprimieron con gusto mío por la pública devoción, pero sin mi nombre; de los cuales remito algunas copias, porque (si os parece) los repartáis entre nuestras hermanas las religiosas de esa santa comunidad y demás de esa ciudad. De los Dolores va sólo uno porque se han consumido ya y no pude hallar más. Hícelos sólo por la devoción de mis hermanas, años ha, y después se divulgaron; cuyos asuntos son tan improporcionados a mi tibieza como a mi ignorancia, y sólo me ayudó en ellos ser cosas de nuestra gran Reina: que no sé qué se tiene el que en tratando de María Santísima se enciende el corazón más helado. Yo quisiera, venerable Señora mía, remitiros obras dignas de vuestra virtud y sabiduría; pero como dijo el Poeta:
Ut desint vires, tamen est laudanda voluntas:hac ego contentos, auguror esse Deos.
Si algunas otras cosillas escribiere, siempre irán a buscar el sagrado de vuestras plantas y el seguro de vuestra corrección, pues no tengo otra alhaja con que pagaros, y en sentir de Séneca, el que empezó a hacer beneficios se obligó a continuarlos; y así os pagará a vos vuestra propia liberalidad, que sólo así puedo yo quedar dignamente desempeñada, sin que caiga en mí aquello del mismo Séneca: Turpe est beneficiis vinci. Que es bizarría del acreedor generoso dar al deudor pobre, con que pueda satisfacer la deuda. Así lo hizo Dios con el mundo imposibilitado de pagar: diole a su Hijo propio para que se le ofreciese por digna satisfacción.
Si el estilo, venerable Señora mía, de esta carta, no hubiere sido como a vos es debido, os pido perdón de la casera familiaridad o menos autoridad de que tratándoos como a una religiosa de velo, hermana mía, se me ha olvidado la distancia de vuestra ilustrísima persona, que a veros yo sin velo, no sucediera así; pero vos, con vuestra cordura y benignidad, supliréis o enmendaréis los términos, y si os pareciere incongruo el Vos de que yo he usado por parecerme que para la reverencia que os debo es muy poca reverencia la Reverencia, mudadlo en el que os pareciere decente a lo que vos merecéis, que yo no me he atrevido a exceder de los límites de vuestro estilo ni a romper el margen de vuestra modestia.
Y mantenedme en vuestra gracia, para impetrarme la divina, de que os conceda el Señor muchos aumentos y os guarde, como le suplico y he menester. De este convento de N. Padre San Jerónimo de Méjico, a primero día del mes de marzo de mil seiscientos y noventa y un años. B. V. M. vuestra más favorecida Juana Inés de la Cruz

domingo, 11 de julio de 2010

Primer parcial domiciliario


Fecha de entrega: 12/ 8/10 (primera clase luego de receso)
Modalidad: individual



I. Identifica brevemente dos de los siguientes personajes o términos y menciona su relevancia en nuestro curso (50 puntos):
1) Malinche/Doña Marina:
2) Fray Bartolomé de las Casas:
4) Discurso del colonizador
5) Mestizaje:
6) Discurso latinoamericanista
II. Escribe un ensayo de cuatro carillas sobre uno de los siguientes temas (50 puntos):
1) Algunos observadores insisten que el descubrimiento y la conquista de América responden a una combinación de intereses comerciales/económicos y míticos/religiosos. Explica esta perspectiva, utilizando por lo menos dos de los textos estudiados en clase.
2) Algunos de los textos que leímos consideran ciertas controversias y problemáticas alrededor del uso del nacimiento de la literatura latinoamericana. Escribe un ensayo en el que dialogas con estos artículos y expresas tus opiniones al respecto.
Observación : I y II pueden articularse en una sola respuesta
Formato de presentación del parcial:
La redacción del texto deberá guardar las características de un texto científico:
a) Estructura temática
b) Coherencia interna: relación entre los aspectos considerados
c) Consistencia interna: correcto orden en las proposiciones.
Sobre las citas:
El trabajo no debe constituirse en un conjunto de numerosas citas textuales de autores, sino, en general, debería parafrasearlos citando los autores de referencia al interior del texto y argumentar a favor del mismo o en disidencia. Las citas sólo se usan cuando tienen tal grado de comunicación relevante que son insustituibles.
Se considera que un trabajo ha logrado un nivel de conceptualización significativo cuando presenta:
a) Organización jerárquica de la información: organización coherente y progresiva de la información
b) Desarrollo argumental: claridad en el planteo de problemas, análisis de la información adecuada; argumentos, contra argumentos y discusiones.
Diseño formal:
La presentación del trabajo deberá ajustarse a las normativas que se sugieren a continuación:
Estructura formal de la presentación:
1. Página de tapa (Portada: Nombre y apellido del alumno/a; Nombre de la Materia; Título del trabajo; Fecha de presentación (día/mes/año). Se presenta en página aparte al comienzo del trabajo.
2. Introducción (aquí se presentará el tema, enunciando el propósito del texto y esbozando el recorrido que el autor se propone realizar).
3. Desarrollo (constituye la presentación del desarrollo argumental del tema. Puede presentar subtítulos).
4. Conclusiones (este apartado deberá presentar las conclusiones que se deriven del recorrido teórico desarrollado).
5. Bibliografía (se presenta al final del trabajo). Como normas de citación, es preciso seguir los siguientes modelos:
a) Libros: Reyes, Graciela. 1990. La pragmática lingüística: El estudio del uso del lenguaje. Madrid: Montesinos. b) Artículos de revista: Finol, José Enrique. 2006. Globalización y Cultura: Estrategias simbólicas y vida cotidiana. Revista de Ciencias Sociales. Vol. XII. Nº 3: 454-475. c) Textos de la web: Loyola, José. 1998. En Textos sobre audiencias, públicos, recepción de mensajes. Fe y Alegría: http://fyazonacentr/ al.org.ve/ html/index. php. Fecha de visita: 17/06/09.
6. Extensión del trabajo: 5-7 carillas A4, letra Arial 11, interlineado 1,5 líneas".

lunes, 28 de junio de 2010

Garcilaso Inca de la Vega


Existen casos en que la comprensión cabal de la obra de un autor pasa necesariamente por el conocimiento adecuado de su vida. No se trata de que estemos postulando una suerte de reducción de la obra a la vida, o una explicación exclusivamente biográfica de la misma. No. Cada composición escrita es un sistema de funciones, una estructura regida por sus propias leyes, un microcosmos. Pero hay veces, insistimos, en que la clave para acceder debidamente a ese mundo verbal está en el itinerario existencial del autor. Tal es el caso, nos parece, de Garcilaso de la Vega en quien «desgarro, imposibilidad, imposición y violencia vividos por un mestizo [...] llegarían a organizarse en un texto que les permite ordenarse en un sentido y» en cuya vida, «en su despliegue, veremos discurrir su identidad a través de las crisis que la conforman»1. Así lo han entendido la mayoría de quienes han tratado el tema de Garcilaso. Por ejemplo Luis Loayza: «El Inca Garcilaso, como muchos grandes escritores, parece señalado por el destino: toda su vida es una preparación para su obra»2 Y también casi todos los demás desde Riva-Agüero, Porras o Miró Quesada hasta Pupo Walker o Burga al dedicar desde una perspectiva u otra, con mayor o menor extensión, cuidadoso estudio a la biografía del Inca Garcilaso.
Nosotros seguiremos tan sabias lecciones pero imposibilitados acá de desarrollar una detallada biografía del autor, trataremos sólo de presentar un bosquejo que atienda tanto a lo externo, a los hechos, cuanto a la dimensión interior del personaje.
Bautizado como Gómez Suárez de Figueroa, el Inca nace en el Cusco el 12 de abril de 1539, hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas de encumbrada familia, y la noble quechua Chimpu Ocllo (bautizada más tarde como Isabel). Y he aquí dos datos significativos: la fecha de nacimiento, apenas ocho años después de la llegada de Pizarro a Tumbes y cuando mucho del Tawantinsuyo vive todavía y las guerras entre los conquistadores están comenzando; y la condición de mestizo -«el primer mestizo biológico y espiritual», como con alguna exageración dijera Porras-. O «históricamente hablando el primer peruano, si entendemos la peruanidad como una formación social determinada por la conquista y la colonización españolas» en el conocido dicho de Mariátegui. Volveremos, desde luego, reiteradamente, sobre la condición mestiza de Garcilaso. Y hay necesidad de hacerlo en primer lugar para el período inmediatamente posterior: su infancia, en la que confluyen sin premeditación pero con eficacia las dos vertientes, la quechua y la española. Su lengua nativa es el quechua que lo aprendió «en la leche en que me amamantaron» dirá más tarde, pero pronto se hará también diestro en el uso del castellano. Y su educación será también doble: de modo más regular y a través de preceptores recibirá las enseñanzas comunes a cualquier niño español, hijo de nobles aunque con las limitaciones propias de la época turbulenta y de la falta de escuelas; y de modo completamente informal pero muy eficaz, recogerá de los labios de su madre y de la parentela quechua, abundante información acerca del Incanato y sus grandezas. Con palabra emocionada Garcilaso ha recordado las continuas visitas a su casa de los parientes maternos, que luego de conversar largamente sobre lo quechua, invariablemente terminaban en lágrimas al contemplar la ruina del Imperio y al lamentarse: «trocósenos el reinar en vasallaje». Por lo demás, en la experiencia vital de los años de infancia y juventud tendrá permanente ocasión de ver manifestaciones culturales quechuas sobrevivientes y a la vez participar en la vida social de su padre y presenciar horrorizado episodios de las luchas entre los conquistadores, todo lo que le dejará huella imborrable.
Hay un hecho sobre el que se habla poco (y Garcilaso nunca) que es el de su condición de hijo natural, no reconocido o bastardo, ya que el capitán jamás se casó con la ñusta Chimpu Ocllo. Pero si el niño Garcilaso no había pensado en el asunto o no había querido hacerlo, pronto tendrá que tomar conciencia de su condición y esto de modo cruel: el Capitán, su padre, en 1549, contrae matrimonio con una noble dama española, Luisa Martel de los Ríos cumpliendo instrucciones generales de la Corona y siguiendo una costumbre de muchos nobles españoles en Indias, que al parecer no chocaban entonces a nadie. Pero no sólo es el matrimonio del padre con una mujer que no es su madre (y en la que tendrá dos hijas, muertas a temprana edad) sino, algo todavía peor, el matrimonio de Chimpu Ocllo con un español de modesta condición, Juan de Pedroche, unión según se colige arreglada por el propio padre.
Garcilaso con gran discreción jamás se refirió a estos dolorosos sucesos pero no cabe duda que tuvieron que afectarlo grandemente. El joven mestizo debió sentirse como que se había quedado de pronto sin hogar, ni la casa del padre ni la de la madre le parecerían, ya suyas de verdad. Una sensación de incomodidad y desarraigo fue invadiéndolo de seguro y fue preparándole el ánimo para el viaje a España. No habría de emprenderlo, sin embargo, antes de que suceda otra desgracia: la muerte del padre acaecida en 1559. Al año siguiente y amparado por la herencia de cuatro mil pesos de oro y plata dejados por el Capitán, el Inca -que todavía se llamaba Gómez Suárez de Figueroa, nombres de la familia paterna, con los que había querido distinguirlo su padre- emprende viaje a España. Tiene veintiún años y jamás volverá a su tierra, aunque en algún momento quiso hacerlo. Muchos estudiosos creen que este viaje no fue sólo cumplimiento de la voluntad paterna que deseaba siguiese estudios en España, sino una muy sentida decisión propia, una inicial búsqueda de arraigo e identidad.
Una breve pero pertinente reflexión: Garcilaso tiene en estos momentos, como acabamos de ver veintiún años. Y sin embargo carece por completo, hasta donde se sabe, de un proyecto de vida. No se prepara para militar, ni para sacerdote, ni para funcionario, ni para escritor. Así, sin una perspectiva ocupacional definida, por así decirlo, llega a la metrópoli donde de inmediato inicia acciones para lograr, si no un proyecto global que dé sentido a su existencia, al menos un objetivo concreto que lo ocupará en estos primeros tiempos: «el reconocimiento oficial por el capitán Garcilaso América y las mercedes que por ello y por la sangre imperial de su madre consideraba que le corresponderían»3. En estos ajetreos cortesanos pasó Garcilaso un buen tiempo, hasta mediados de 1563, pero finalmente el resultado le fue doblemente adverso. Nada obtuvo de lo que esperaba y lo más grave y doloroso: la razón de la negativa fue la presunta traición de su padre a la Corona por su amistad con Gonzalo Pizarro, el gran rebelde de la primera hora. Así, pues, tras la frustración de sus expectativas, un duro golpe moral similar en su efecto, seguramente, al que recibió con los matrimonios de sus padres. Pero en este caso, sí hay una doble consecuencia visible: un acercamiento a la figura del padre y el propósito de reivindicarlo que se manifestarán casi de inmediato.
Sabemos ya que Gómez Suárez de Figueroa era el nombre que hasta entonces usaba el Inca. De pronto, en sólo cinco días, dos reveladores cambios de nombre. En noviembre 17 de 1563, en una partida, figura como Gómez Suárez de la Vega; y, el 22 del mismo mes, en otro documento, aparece como Garcilaso de la Vega. Se trata sin duda de una especie de deseo de hallar la identidad propia en la imagen del padre cuyo primer síntoma es tal vez la determinación de viajar a España, patria de su progenitor y dejar el Cusco, tierra de la madre. Pero este año 1563, es pródigo en acontecimientos significativos. Meses antes del sorprendente pero sintomático cambio de nombre, Garcilaso pidió y obtuvo permiso para volver al Perú. No obstante no hizo uso de la autorización, ni mencionó nunca el hecho. ¿Por qué quiso volver? Tal vez por el fracaso de sus gestiones ante la Corte y el maltrato del nombre de su padre. ¿Por qué cambió de opinión? Algunos piensan en que la razón está en que Lope García de Castro, el enemigo de su padre y causante del fracaso de sus pretensiones, iba a gobernar el virreinato peruano. Puede ser igualmente que el deseo de limpiar el nombre de su padre o alguna intuición (entrevió quizá que su destino estaba en España) lo retuvieron allá. Lo cierto es que se instala en Montilla, cerca de Córdoba, al lado de su tío Alonso de Vargas que lo había acogido con afecto desde su llegada a Europa.
A fines de la década (1569), Garcilaso se decide por lo que sí puede aparentemente considerarse un proyecto de vida: se hace militar y participa en las guerras de las Alpujarras contra los moros rebeldes. Detrás de esta decisión está seguramente de nuevo la figura paterna: quiere, de seguro, ser un gran militar como lo fue el Capitán. Y al parecer cumple con brillo su tarea ya que obtiene el grado de capitán precisamente y varias menciones honrosas. Sin embargo su permanencia en las milicias reales fue muy breve, menos de un año. Nueva interrogante: ¿por qué dejó la carrera que iniciaba tan auspiciosamente? Lo más probable, pienso, es que tomó conciencia de que ese no era su camino, aunque se especula también, con cierta base, que pudo haber cierta dosis de desasosiego que nacía de comprender que estaba reprimiendo a un pueblo tal como antaño los conquistadores lo habían hecho con el pueblo quechua. Nada hay seguro, salvo la constatación objetiva: Garcilaso, ya con treintiún años, no tiene todavía un camino trazado.
Pero es necesario volver un poco atrás a un período envuelto en el misterio: entre el fracaso de las gestiones ante la Corte y su instalación en Montilla, después del corto paréntesis guerrero, han transcurrido más de seis años de los que nada se sabe. Miró Quesada piensa que pudo haberlos pasado en Sevilla donde se habría despertado su interés por el estudio, aprende el italiano y habría -tal vez- empezado a vislumbrar su definitiva ruta. No hay pruebas de ello a pesar de la verosimilitud de la hipótesis. En cambio consta que instalado ya, y por largo tiempo en Montilla, recibe la noticia de la muerte de su madre (noviembre de 1571). Poco antes (1570), ha muerto su tío y protector Alonso de Vargas dejándole una herencia no demasiado cuantiosa a la que tiene acceso sólo en 1587. Entre 1570 y 1587 transcurren años difíciles, económicamente, para el indiano Garcilaso. A ellos se refiere seguramente cuando en un texto célebre, que veremos después, habla de los «rincones de la soledad y la pobreza».
Llegamos así al momento central de la vida de Garcilaso: el Inca decide ser escritor. Lo más probable es que no haya sido una determinación radical tomada en un solo instante, sino más bien un proceso relativamente largo que se inicia, seguramente, luego de su fracaso cortesano, toma nueva fuerza cuando abandona el ejército, y se desarrolla cada vez más vigoroso y absorbente en los años setenta y ochenta del siglo XVI: en 1586 tiene lista su obra primeriza, la traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo o Judah Abarbanel, ya que el 19 de enero firma la primera dedicatoria aunque el libro se publicará sólo en 1590. Garcilaso ha tenido que esperar a la edad madura (entre los cuarenta y los cincuenta años) para descubrir finalmente su verdadera vocación. Pero a partir de ahora se dedicará sólo a ella: a leer, investigar, recordar, meditar para escribir. Comprende Garcilaso, un poco tarde pero todavía a tiempo, que únicamente por medio del trabajo de la escritura logrará dar a su vida el sentido que hasta entonces había buscado infructuosamente por erradas sendas. Pero hay más: desde estos iniciales años de su carrera de escritor, Garcilaso sabe que su obra central tendrá que ver con el Imperio Incaico de modo tal que observando diacrónicamente los últimos treinta decisivos años de su vida y su tarea, cabe suponer que todo lo que hizo entonces, incluyendo las obras previas, fue como una preparación directa o indirecta para los Comentarios Reales, que se ven así como la culminación y el pináculo de todo un proceso. En la mencionada primera dedicatoria de los «Diálogos» a Felipe II (1586), expresa con claridad sus propósitos: «Y con el mismo favor pretendo pasar adelante a tratar sumariamente de la conquista de mi tierra, alargándome más en las costumbres, ritos y ceremonias de ellas y en sus antiguallas, las cuales, como propio hijo, podré decir mejor que otro que no lo sea». Y hay otros testimonios coincidentes acerca de la antigüedad y el carácter prioritario del proyecto que, desarrollado, iba a llevar como título Comentarios Reales de los Incas.
Veamos ahora otra cara del mismo acontecimiento: su decisión de escribir. Cuando la pone en práctica con la traducción y publicación de Diálogos de Amor, la brújula intelectual y afectiva de Garcilaso vuelve a apuntar al Cusco, a la tierra peruana, a la familia quechua, al pasado incaico. La evidencia es incontrastable y aparece en las dedicatorias previas y en la definitiva, pero sobre todo en el título mismo de la obra con que inaugura su carrera de escritor. Leamos: «La traducción del Indio de los tres Diálogos de Amor de León Hebreo, hecha de italiano en español por Garcilaso Inga de la Vega, natural de la gran ciudad del Cuzco, Cabeza de los Reinos y Provincias del Perú». En pocas pero importantísimas frases como que son el título de la obra, Garcilaso en dos ocasiones proclama orgullosamente su condición de indio y de Inca («traducción hecha por el indio [...] Garcilaso Inca de la Vega...») y el haber nacido en el Cusco. Repárese en que Garcilaso no era indio sino mestizo y, sin embargo, como queriendo afirmar su sangre quechua y el lado andino de su ser, lo dice y lo reitera, en una trascendente ocasión para él: es el primer libro que escribe y publica y es además -como lo hace notar- el primer libro que un indiano edita en España. Testimonios todos muy reveladores sin duda de cómo, a la distancia, el nostálgico recuerdo, su raigambre quechua, ganan terreno y se colocan como eje de su autodefinición, como clave de su identidad.
Cuando quince años más tarde, en 1605, publique Garcilaso su segunda obra, la situación habrá cambiado en algo esencial. Leamos como en el caso anterior el título que siempre dice mucho del escritor cusqueño: «La Florida del Inca / Historia del Adelantado Hernando de Soto, Gobernador y Capitán General del Reino de la Florida y de otros heroicos caballeros Españoles de Indios; escrita por el Inca Garcilaso de la Vega, capitán de Su Majestad, natural de la gran ciudad del Cuzco, cabeza de los Reinos y Provincias del Perú». ¿Cuál es el cambio? Garcilaso reitera en esta ocasión su condición de Inca ( La Florida del Inca..., Inca Garcilaso de la Vega), insiste en que ha nacido en la gran ciudad del Cusco, pero dice, insólitamente para entonces, que hablará de caballeros no sólo españoles sino también indios. Es decir, más evidente no puede estar su voluntad de demostrar su arraigo andino. Pero, y acá está la novedad: añade «Capitán de su Majestad», con lo que demuestra su deseo de presentar ahora una imagen personal bipartita y equilibrada: Inca pero también capitán del ejército español. Se hace justicia así a las dos vertientes de su identidad. Y la fórmula se repetirá al aparecer en 1609 la primera parte de Los Comentarios Reales: Escritos por el Inca Garcilaso de la Vega, natural del Cuzco y Capitán de su Majestad. No cabe duda, Garcilaso en la cima de su edad y de su obra ha tomado clara y orgullosa conciencia de su condición de mestizo como lo dirá en un texto famoso de los Comentarios: «A los hijos de español y de india o de indio y española nos llaman mestizos por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por su propia significación me lo llamo yo a boca llena y me honro con él. Aunque en Indias si a uno le dicen sois un mestizo o es un mestizo lo toman por menosprecio» (Libro IX, capítulo 31). Sintomáticamente, en el encabezamiento de la segunda parte de los Comentarios que con el título de Historia General del Perú aparecerá en forma póstuma en 1617, la mención al Cusco ha sido retirada aunque se mantiene el calificativo de Inca. Pero, como se sabe, ni el título principal ni presumiblemente la leyenda complementaria han sido escogidos por Garcilaso sino por sus parientes o editores.
Sin embargo, en la dedicatoria que sí es indiscutiblemente de Garcilaso, aparece un elemento enriquecedor que es la visión del Perú como una patria de rostro plural. Es el texto tantas veces comentado y elogiado, y en el que no puede dejar de percibirse el temblor de la emoción, que dice: «A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo Imperio del Perú, el Inca Garcilaso de la Vega, su hermano, compatriota y paisano: salud y felicidad».
Hermosas frases en las que está la mirada hacia el futuro, la promesa de un Perú que es y será de los indios (como su madre), de los mestizos (como él) y de los criollos (hijos de españoles). Estas palabras escritas poco antes de su muerte son como el testamento del Inca, suma y compendio de su mensaje.
Pero así como ha crecido espléndidamente en Garcilaso la conciencia del ser mestizo, se ha desarrollado también, paralelamente, la conciencia de su condición de escritor. Entre muchas evidencias textuales y datos biográficos que así lo demuestran, escogemos un sólo admirable y también conocido texto. Es del proemio a La Florida del Inca en donde luego de explicar la razón de haberla escrito que es el deseo de «que por aquella tierra tan larga y ancha se extienda la religión cristiana», hace una protestación de que no persigue mercedes temporales de las que hace tiempo desconfía y se ha despedido. «Aunque mirándolo desapasionadamente debo agradecerle, muy mucho el haberme tratado mal (la fortuna), porque si de sus bienes y favores hubiera partido largamente conmigo, quizás yo hubiera echado por otros caminos y senderos que me hubieran llevado a peores despeñaderos o me hubieran anegado en ese gran mar de sus olas y tempestades, como casi siempre suele anegar a los que más ha favorecido y levantado en grandezas de este mundo; y con sus disfavores y persecuciones me ha forzado a que habiéndolas yo experimentado, le huyese y me escondiese en el puerto y abrigo de los desengañados, que son los rincones de la soledad y pobreza, donde, consolado y satisfecho con la escasez de mi poca hacienda, paso una vida, gracias al Rey de Reyes y Señor de los Señores, quieta y pacífica, más envidiada de ricos que envidiosa de ellos. En la cual, por no estar ocioso, que cansa más que el trabajar, he dado en otras pretensiones y esperanzas de mayor contento y recreación del ánimo que las de la hacienda, como fue traducir los tres Diálogos de Amor de León Hebreo, y habiéndolos sacado a la luz, di en escribir esta historia, y con el mismo deleite quedo fabricando, forjando y limando la del Perú, del origen de los reyes incas, sus antiguallas, idolatrías y conquistas, sus leyes y el orden de su gobierno, en paz y en guerra. En todo lo cual, mediante el favor divino, voy casi al fin...».
Estamos, como se ve, ante un texto de extraordinaria riqueza, pero cuyo núcleo de significación está sin duda en la frase: «con el mismo deleite quedo fabricando, forjando y limando». Para Garcilaso, entonces, escribir es un gozo grande, algo deleitoso, a lo que se dedica por entero escribiendo, revisando, corrigiendo, buscando la perfección. Este fragmento es como un arte poética del Inca que antes, aunque bendiciendo la pobreza, no deja muy sesgadamente de dejar constancia del maltrato recibido de la Corona, a la vez que hace una alabanza de la vida austera y retirada. El énfasis sin embargo está puesto en la confesión de su vocación, del gusto por escribir y de cómo asume con disciplina y orden su destino de creador.
Antes de dejar este texto añadamos que luego de lo transcrito, Garcilaso dice refiriéndose precisamente a sus labores de escritor: «Y aunque son trabajos, y no pequeños, por pretender y atinar yo a otro fin mejor, los tengo en más que las mercedes que mi fortuna pudiera haberme hecho cuando me hubiera sido muy próspera y favorable...». ¿Cuál es ese otro «fin mejor» al que pretende y atina? Aunque no haya claridad total en la frase, tengo para mí que Garcilaso está pensando en el sentido cabal que sus obras otorgarán a su existencia así como en que a través de ellas logrará junto a la gloria personal la salvación, por la memoria y la palabra, del Imperio de los Incas que ya no existía en la realidad pero que cobrará nueva existencia en las páginas de sus obras principales.
De los últimos años de la vida del Inca, debe recordarse su traslado definitivo a Córdoba en 1591, el nacimiento por esos años de su hijo natural Diego de Vargas, su decisión de hacerse eclesiástico (pero de órdenes menores) tomada a fines del siglo. Y naturalmente la publicación de La Florida (1605) y de la primera parte de los Comentarios Reales (1609) y la redacción de la segunda parte que termina en 1613.
Garcilaso muere el 23 (o 22) de abril de 1616, a los setenta y siete años de edad.
La obra
Aunque hemos adelantado una serie de conceptos y apreciaciones acerca de los escritos del Inca Garcilaso de la Vega, en las páginas que siguen procederemos a una muy sumaria revisión de ellos.
La traducción de los Diálogos de Amor de León Hebreo o Judah Abarbanel, judío-portugués residente en Italia que gozaba de amplio prestigio en su época, es el primer libro de Garcilaso. Aparece en 1590 aunque -como se ha visto- venía trabajando desde varios años antes en el proyecto. Extraño caso el de Garcilaso que quiere iniciar su carrera en un medio como el español, poblado de buenos escritores, con un trabajo particularmente difícil: la traducción del italiano de un texto filosófico-literario, expresión de las ideas neoplatónicas, tarea que, de otro lado, se presenta como un reto complicado porque existían ya dos recientes traducciones al castellano de la misma obra (1568 y 1584). Habrá que suponer que el Inca, como Amarilis su compatriota y gran poeta, nunca tuvo «por dichoso estado amar bienes posibles, sino aquellos que son más imposibles». Sea como fuere, Garcilaso lleva a buen término su trabajo de traductor (lo que supone un excelente conocimiento del italiano que no se sabe cómo adquirió). Y la obra circuló, fue bien recibida en España y marca la incorporación del Inca al circuito de la cultura ilustrada española.
Aurelio Miró Quesada, una de las primeras autoridades en cuanto a Garcilaso se refiere, cree que: «El propio hecho de acometer la traducción revela, por tanto, que el Inca Garcilaso de la Vega quería rendir un homenaje al espíritu de orden y armonía tan expresivo del Renacimiento... El hecho de interesarse por el libro, de complacerse en los diálogos sutiles y la minuciosa discriminación intelectual de León Hebreo y la prueba objetiva de haber dedicado largos años y penosos esfuerzos a una traducción que espontáneamente se había impuesto, revelan que el Inca Garcilaso no obedeció a un capricho ni atendió a algún pedido interesado, sino que encontraba que ése era el mejor modo de sacar a la luz una correspondencia íntima y una esencial afinidad con la orientación espiritual que tan hermosamente desarrollaba León Hebreo. Equilibrio de fondo y de forma; unión de la espada y de la pluma (o de las armas y las letras); reiterada persecución de un ideal de orden y concierto, que representaba dentro del mundo intelectual la noble tendencia a vincular e integrar lo disímil, como desde el punto de vista de la raza reconocía que en él se enlazaban las dos prendas: la de la sangre indígena y la sangre española». («Porque de ambas naciones tengo prendas», escribía precisamente en su segunda dedicatoria a Felipe II)4.
Así, pues, bajo el palio prestigioso de la cultura renacentista inaugura nuestro mestizo su historia de escritor. Y tal presencia seguirá manteniendo su influjo hasta el final de su obra lo que ha hecho que algunos perciban cierto anacronismo en el estilo garcilasino, ya que era más bien el barroco la forma dominante que en general estaba desplazando ideas y formas del Renacimiento por estos años.
La segunda obra de Garcilaso nunca llegó a la imprenta. Es la Relación de la descendencia del famoso García Pérez de Vargas con algunos pasos de historia dignos de memoria. Se trata de un texto breve que estaba destinado a ser la parte inicial de La Florida del Inca pero que -cambiando de idea en algún momento- lo separó de aquélla y lo fechó en Córdoba el 5 de mayo de 1596. Es un escrito de carácter genealógico centrado en el personaje del título que era un ilustre antecesor suyo. Se percibe una insistencia en demostrar el brillo de su linaje, tal vez como un modo de reivindicar el nombre del padre acusado, como dijimos, de traidor a la Corona y de demostrar su propia ilustre prosapia. No falta una reveladora mención a su antepasado el famoso poeta Garcilaso de la Vega, «espejo de caballeros y poetas, aquel que gastó su vida tan heroicamente como todo el mundo sabe, y como él mismo lo dice en sus obras: tomando ora la espada, ora la pluma» en la que puede verse una alusión a su propia vida: antes soldado, ahora escritor. Tampoco falta en medio de esta abrumadora enumeración y loa de tanto distinguido familiar hispano, la afirmación ya conocida aunque dicha de otro modo: «Por ser yo indio antártico», que pone en claro su otro entronque familiar, quechua.
Sin embargo, no cabe duda que la parte más significativa de la obra de Garcilaso de la Vega está constituida por La Florida del Inca (1605) y los Comentarios Reales, primera parte 1609 y segunda parte (o Historia General del Perú) en 1617.
Varias razones se dan para explicar que Garcilaso asumiese la difícil tarea de presentar la expedición de Hernando de Soto a la Florida, a pesar de que ni él ni su padre tuvieron ninguna conexión con la empresa, ni existía tampoco vinculación alguna con el Perú. La primera, «el deseo de que por aquella tierra tan larga y ancha se extienda la religión cristiana»; la segunda, su amistad con un veterano de la campaña de la Florida, Gonzalo Silvestre, quien le contó innumerables sucesos acaecidos durante el descubrimiento y conquista de esa región de América del Norte que llevaron al Inca a la decisión de escribirlos. Pero oigamos mejor al autor: «Conversando mucho tiempo y en diversos lugares con un caballero, grande amigo mío, que se halló en esta jornada, y oyéndole muchas y muy grandes hazañas que en ella hicieron así españoles como indios, me pareció cosa indigna y de mucha lastima que obras tan heroicas que en el mundo han pasado quedasen en perfecto olvido. Por lo cual, viéndome obligado de ambas naciones, porque soy hijo de un español y de una india, importuné muchas veces a aquel caballero escribiésemos esta historia, sirviéndole yo de escribiente...» (Proemio al lector). Y así es en efecto: Gonzalo Silvestre proporcionaba la materia prima y el Inca la transformaba en obra de arte y a tal extremo se compromete Garcilaso en esta tarea que cuando muere el viejo soldado, busca de inmediato otros dos informantes para poder concluir su obra: Alonso de Carmona y Juan Coles.
Sin pretender cuestionar, naturalmente, lo dicho por Garcilaso tengo la impresión que al lado de las razones esgrimidas funciona otra no dicha pero quizás de más peso. La Florida del Inca (es decir, escrita por un indio, por un Inca) pareciera estar compuesta para proclamar la igualdad esencial de las dos razas, que son las suyas: la india y la española. Lo señala discretamente en el título: «y de otros heroicos caballeros españoles e indios»; y lo dice de modo más amplio en el Proemio: «[...] escribir todo lo que en esta jornada sucedió, desde el principio de ella hasta su fin, para honra y fama de la nación española que tan grandes cosas ha hecho en el Nuevo Mundo, y no menos de los indios que en la historia se mostraren y parecieron dignos del mismo honor». Para Garcilaso, pues, no hay diferencia: existen caballeros españoles y existen caballeros indios y unos y otros pueden ser sujetos de actos o empresas heroicas. Audaz afirmación para la época que Garcilaso no la plantea como una tesis a demostrar, sino directamente con la frase ya apuntada y con el relato que hace de los hechos de ambas estirpes.
Desde otro punto de vista, ha de recordarse que desde antiguo se ha elogiado la extraordinaria calidad de la prosa de La Florida y también la existencia de partes que parecen ser narración literaria. Y es que en el concepto de la historia a que adhiere el Inca, el relato propiamente histórico no se contradecía con la belleza literaria del lenguaje. Recurramos una vez más a Aurelio Miró Quesada: «La historia tenía de tal modo un carácter complejo de narración de la verdad, de relato hecho con un propósito moral preconcebido, de enseñanza útil para actuar en la vida; y, desde el punto de vista de la forma, de obra artística escrita con nobleza y elegancia, animada con descripciones, apasionada por intrigas dramáticas, y con el adorno elocuente y persuasivo de las arengas y de las epístolas»5. Y el mismo autor precisa más adelante que en La Florida se dan escenas de novela bizantina, narraciones al estilo de la novela italiana, y el desarrollo de una acción llena de aventuras y de idealizaciones que recuerdan a las novelas de caballería.
La Florida, primera gran obra de Garcilaso de la Vega es, pues, un texto complejo en el que se dan la mano la historia, los propósitos religiosos y patrióticos, planteamientos acerca de los indios, relatos novelescos, volcado todo ello en la prosa armoniosa, elegante, bien trabajada (una de las mejores de la Colonia hispanoamericana) de quien además en ningún momento olvida su condición de mestizo indiano incursionando en el ámbito intelectual de España.
En cuanto a los Comentarios Reales, sabido es que la primera parte, la más importante, está dedicada a tratar «del origen de los Incas Reyes que fueron del Perú, de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra: de sus vidas y conquistas y de todo lo que fue aquel Imperio y su república antes que los españoles pasaran a él» (como dice el largo título del libro aparecido en 1609). La segunda parte que se publica en forma póstuma en 1617, lleva el título, que no es del Inca, de Historia General del Perú y trata de «el descubrimiento del Perú y como lo ganaron los Españoles. Las guerras civiles que hubo entre Pizarros y Almagros, sobre la partija de la tierra. Castigo y levantamiento de tiranías: y otros sucesos particulares que en la Historia se contienen». Esta bipartición temática es una forma más que imagina el Inca para rendir honor a la sangre materna y a la paterna.
En relación a los Comentarios Reales y particularmente a su primera parte, existe uno de los más abundantes corpus críticos en toda la trayectoria de la historia y de la literatura peruana. Y dentro de él una de las líneas más trabajadas es aquélla que se plantea la cuestión de la veracidad de la versión que el Inca ofrece del Tawantinsuyo. Desde la teoría de la idealización de la historia planteada por Riva-Agüero hasta la crítica radical que iniciara hace tiempo el argentino Roberto Levillier por un lado y la aceptación en general de la versión garcilasista por otro, se escalonan decenas de posiciones intermedias más o menos originales. Aunque nuestro enfoque no es el histórico, nos identificamos con lo que César Pacheco Vélez denomina la «verdad esencial» de los Comentarios. Dice que tiene dos apuntes que hacer: «El primero se refiere a la verdad esencial de su testimonio, tejido entre abundantes y hermosísimos aciertos expresivos... Esa verdad esencial tiene tanto o más que ver con la poesía aristotélica, con la reminiscencia platónica, con la ejemplaridad ciceroniana, que con la fría reconstrucción arqueológica. Es decir, para afirmarlo con la formulación más actual y vigente, importan menos la ingenua repetición del esquema idílico que Garcilaso emplea para reseñar las conquistas incaicas, sus errores cronológicos, su exagerado providencialismo y el uniformismo y universalismo renacentista que subyacen en su presentación de la religión incaica, si lo que en efecto podemos encontrar en las páginas de los Comentarios Reales es la intuición originaria y la enunciación fundadora del primer proyecto nacional peruano; la misión permanente que ellas han cumplido, a través de varios siglos, de iluminar la conciencia del Perú»6.
Dicho de otro modo: los errores, lagunas o limitaciones de la visión garcilasista del Incario no alcanzan a opacar su mérito principal desde el punto de vista histórico: haber logrado la hazaña de preservar mediante un esfuerzo conjunto de la memoria, el amor, la indagación y el poder verbal, la imagen del Imperio Incaico en lo esencial, en las líneas maestras de su visión del mundo (de su mentalidad) y en las peculiaridades de su psicología colectiva. Gran memorioso, el Inca se ha hundido en sus recuerdos de infancia y juventud; y cuando ello no ha sido suficiente ha recurrido a las cartas y a la lectura para redondear su proeza que él considera absolutamente válida porque tiene a su favor algo que lo pone en ventaja sobre la gran mayoría de cronistas e historiadores de su época: el ser quechua hablante nativo ya que la lengua es la clave que le permite ingresar con seguridad en la historia y el espíritu de su pueblo.
Debe recordarse además el carácter totalizador, enciclopédico que ostenta la presentación que Garcilaso hace del pueblo quechua en los nueve libros de la primera parte de los Comentarios. Puede recordarse al efecto la referencia que hace Miró Quesada a una reveladora estadística temática de esta primera parte. Se indica allí en efecto que de los 262 capítulos, 58 se ocupan de economía, 38 de religión, 17 de política, 14 de organización social, 10 de arte, 7 de educación, 6 de ciencias, 4 de mito, 3 de derecho, 3 de lenguaje, 2 de técnica, 2 de magia, 1 de moral y 1 de filosofía7. Y este inmenso material no se presenta ordenado por temas como en la estadística que acabamos de ver, sino deliberadamente entremezclado, en aparente desorden, para «que la historia no canse tanto» precisa el Inca quien, en otra parte, explica también su método:
«Dicho ésta y otras algunas (leyes) seguiremos la conquista que cada Rey hizo, y entre sus hazañas y vida iremos entremetiendo otras leyes y muchas de sus costumbres, maneras de sacrificios, los templos del Sol, las casas de las vírgenes, sus fiestas mayores, el armar caballeros, el servicio de su casa, la grandeza de su corte, para que con la variedad de los cuentos no canse tanto la lección». Buenos ejemplos de que en Garcilaso había lo que modernamente se llamaría voluntad de estilo, conciencia de la necesidad de una metodología o una técnica para manejar un tan grande cúmulo de información como el que tenía en sus manos. Y estos últimos apuntes nos llevan directamente al tema central de nuestro planteamiento: Garcilaso no era un simple informador o un historiador en sentido restrictivo, sino un creador en el más cabal significado de la palabra, como lo sostiene la investigación actual.
En efecto (aunque hay valiosos precedentes), es sólo en tiempos recientes que ha tomado fuerza y se ha desarrollado la tendencia crítica que lleva a considerar la obra de Garcilaso, en general (pero de modo particular los Comentarios Reales), como una obra de creación. No es el momento, por falta de espacio, de hacer un escrutinio detallado de esta nueva crítica garcilasista por lo que, para exponer, de modo más sucinto y adecuado sus resultados tomaremos como guía principal a uno de sus más destacados representantes, Enrique Pupo Walker8, con eventuales llamadas a otros investigadores.
La tesis de Pupo Walker parte de la necesidad de esclarecer de modo previo (si se desea analizar los Comentarios como obra de creación) la posición de Garcilaso ante su texto, es decir, lo que se suele llamar la situación del narrador. Y en este sentido es fácil comprobar que el Inca no consideró su obra como «una simple tarea informativa» lo que se evidencia por «la presión emotiva y el personalismo que condicionan sectores muy amplios del texto». Pero -y esto es un hito fundamental- «esa composición individualizada de su escritura remite fundamentalmente a la proyección autobiográfica de su texto». Muchos han señalado este elemento antes, pero ninguno, afirma Pupo Walker, ha visto con suficiente claridad que «la perspectiva autobiográfica que Garcilaso impone al texto es -como punto de vista narrativo- la jerarquía selectiva que condiciona el diseño estructural de la narración».
Pupo Walker recuerda en su interpretación otro dato de importancia: que Garcilaso «redactó los Comentarios en la vejez, con la memoria henchida de reminiscencias nostálgicas y cuando sentía, tal vez más que nunca, la pesadumbre de sus fracasos y su soledad. Compuesta la obra en esas circunstancias, no debe sorprendernos hoy el personalismo de su escritura ni la frecuencia con que los acontecimientos de la historia derivan en evocaciones íntimas e idealizadas del pasado». Una nueva dimensión de esta relación deriva del hecho que Garcilaso tenía conciencia de la ignorancia (o peor aún de los gruesos errores) que dominaban en Europa acerca del Perú y de su historia que él la sentía como propia, lo que lo lleva a la acción escrita vista como un rescate de la verdad.
Llegamos así al núcleo de la tesis de Pupo Walker: «Ante esa realidad Garcilaso contempló su obra como el instrumento que le permitía afirmar la solvencia histórica de su persona. De ese modo, los Comentarios Reales proporcionaban al Inca el vehículo que le permitía incorporarse de una vez a la historia desde su escritura. Según esta perspectiva, el texto es el proyecto de su autorrealización, que era indispensable para un hombre que fue a un mismo tiempo mestizo, bastardo, descendiente de reyes desconocidos y miembro de una de las familias más ilustres de Castilla. Es natural entonces, que esa posición conflictiva y ambigua de su persona inevitablemente le impulsara a la creación de una obra que definiría, entre otras cosas, su situación social y humana»9.
Se trata en alguna medida, como se ve, de lo que había anticipado ya otro eminente garcilasista, José Durand: «Para él la historia es una apasionada contemplación del destino de su pueblo, del de su misma sangre india y española, del suyo individual. Hasta que llega un momento en que la historia se nos ha convertido en autobiografía... Todo hace pensar que el Inca se fue convirtiendo en historiador movido por la íntima necesidad de hacer un poco de luz sobre su propia vida»10. Y también de lo que muy recientemente otro garcilasista de las últimas promociones, Nicolás Wey-Gómez, ha expuesto sobre la necesidad en el caso de Garcilaso y los Comentarios Reales, de precisar con la mayor pulcritud, quién es el sujeto del enunciado postulando en este sentido que Garcilaso asigna a su persona escritural y a su discurso funciones muy distintas: «amplificación (comentario), y clarificación (interpretación) de las historias que sobre el Perú se han escrito, porque el haber nacido en esta nación idólatra, es decir el ser testigo (¿cómplice?), le da autoridad suficiente para protestar lo que sobre ella se haya escrito y porque al autorizar su discurso sobre las cosas grandes... Con los mismos historiadores españoles, estará diciendo la verdad y será historiador como ellos, y por lo tanto estará sirviendo a España y a Dios»11.
En suma, recurriendo a la fórmula que hemos usado antes, Garcilaso trata de dar pleno sentido a su vida por medio de su obra. La escritura justificando una existencia, dándole valor y significado.
A todo lo dicho hay que agregar todavía (y esto también es esencial) la dimensión propiamente imaginativa (literaria en sentido estricto) del relato de los Comentarios Reales en el que se produce un «desplazamiento del discurso expositivo que tiende a incorporar la creación imaginaria» -como dice Pupo Walker-, aunque más que desplazamiento podría hablarse de ensanchamiento del cosmos expositivo por la incorporación de elementos de ficción. Esto se da mediante el viejo recurso de las narraciones interpoladas y mediante otras novedosas formas que el Inca utiliza especialmente al combinar la línea expositiva con la narrativa. Pero de una u otra forma no debiera quedar ninguna duda acerca de que el Inca Garcilaso tuvo una clara vocación de narrador literario que puso de manifiesto desde el comienzo de su tarea y que llega a su mejor expresión en los Comentarios Reales que es, a la vez, de singular manera, texto de historia y texto literario. Y este discurso mixto (que en verdad es plural porque incorpora otras líneas de escritura de menor relieve) fue concebido, diseñado y escrito por Garcilaso Inca de la Vega, «forzado del amor natural de la Patria». Estamos entonces -no debe olvidarse nunca- ante una obra de amor cuyo autor por eso mismo no escatima ni tiempo ni trabajo (el amor no conoce el desaliento ni la desesperanza) para lograrla del mejor modo posible. Y habiéndola hecho murió casi con la pluma en la mano.
Cerremos este capítulo con un acertado texto de Aurelio Miró Quesada: «Con la obra del Inca Garcilaso nace en realidad la literatura peruana, si se la entiende no como la continuidad de las creaciones orales indígenas, ni el eco ultramarino de las letras de España, sino como un modo particular de pensar y de sentir y de expresarlo en forma escrita. A un tiempo indio y español, incorporado como hombre de su tiempo a los usos literarios de España y a los marcos mentales de Europa, afloran en sus páginas la atracción de su tierra peruana y la nostalgia del Imperio perdido. Es una nueva visión mestiza, como mestizo es el nombre del Perú y mestizo es él mismo, y por serlo se llama así a 'boca llena' y se honra con ello»12.

Antonio Cornejo Polar

El discurso de la armonía imposible: (El Inca Garcilaso de la Vega: discurso y recepción social)


He reducido toda la introducción de esta ponencia a una sola frase, que quienes me han sufrido antes podrán preverla sin dificultad: no se puede insistir en considerar la literatura latinoamericana como un sistema compacto y coherente y su historia como un proceso unilineal y cancelatorio, cuando -en realidad- de lo que se trata es de entender las rupturas de su radical y entreverada heterogeneidad y los varios tiempos que desacompasadamente entretejen su historia. Desde esta perspectiva, y por razones que no escapan a nadie, hemos venido prefiriendo estudiar aquellos discursos que obviamente se instalan en la heterogeneidad, la revelan y la producen en su propia constitución y en el modo como social y culturalmente se realizan. En esta ocasión, sin embargo, me interesa indagar en lo que de alguna manera es su reverso: en el funcionamiento de lo que pudiera denominarse el discurso de la armonía imposible; esto es, aquél que pretende configurarse como afirmación y producción de la homogeneidad pero delata, en el mismo acto, la impracticabilidad de tal proyecto. Como en otras oportunidades, mi referencia es la literatura andina (en esta ocasión sólo algunos aspectos del discurso garcilacista y de su recepción) pero asumo que las reflexiones que siguen pueden extenderse a una parte considerable de la literatura latinoamericana.
- I -
Permítanme comenzar con el análisis de un breve texto de Garcilaso. Es el siguiente:
El año de mil y quinientos y cincuenta y seis, se halló en un resquicio de una mina, de las de Callahuaya, una piedra de las que se crían con el metal [...] toda ella estaba agujereada de unos agujeros chicos y grandes que la pasaban de un cabo a otro. Por todos ellos asomaban puntas de oro como si le hubieran echado oro derretido por cima. Unas puntas salían fuera de la piedra, otras emparejaban con ella, otras quedaban más adentro. Decían los que entendían de minas que si no la sacaran de donde estaba, que por tiempo viniera a convertirse toda la piedra en oro. En el Cuzco la miraban los españoles por cosa maravillosa; los indios la llamaban huaca, que, como en otra parte dijimos entre otras muchas significaciones que este nombre tiene, una es decir admirable cosa, digna de admiración por ser linda, como también significa cosa abominable por ser fea; yo la miraba con los unos y con los otros. El dueño de la piedra, que era hombre rico determinó venirse a España y traerla como estaba para presentarla al Rey [...] Supe en España que la nao se había perdido, con otra mucha riqueza que traía1.

Aunque marginal, este fragmento expresa lo que es esencial en toda la obra de Garcilaso: su tenaz y hasta agónico esfuerzo por hacer valer la doble autoridad que le confiere su condición de mestizo y por asegurar que ésta es el signo mayor de una síntesis armónica, conciliante y englobadora, trasmutando a tal efecto lo que es heterogéneo y hasta beligerante en homogeneidad tersa y sin fisuras. Por esto, muy dentro de su estilo, Garcilaso deja constancia en el texto de cómo ven esa extraña piedra los españoles («la miraban [...] por cosa de maravilla») y cómo los indios («la llamaban huaca [...] admirable cosa»), para en seguida generar una sutil traducción subterránea e intermediada: después de todo, en este contexto, la huaca de los indios es exactamente lo mismo que la «cosa de maravilla» de los españoles, con lo que ambas visiones se confunden en un solo sentido: cosa de maravilla -huaca- admirable cosa, todo dentro de la siempre deseada armonía de lo doble que en el fondo y en verdad es único -aunque el costo de esta operación, si bien se mira, sea el vaciamiento semántico de la palabra quechua que deviene, pese a conservar su función retórica, en una tan vistosa como inútil bisagra que articula lo mismo con lo mismo. Entonces, como en tantas otras ocasiones, el discurso garcilacista deja constancia de lo indio y lo español pero inmediatamente insume a ambos, desconflictivizando su mutua alteridad, en una complaciente categoría totalizadora. En cierto sentido la producción verbal de la sinonimia disuelve la dualidad de las miradas que están en su origen.
Sintomáticamente, Garcilaso quiere dar su propio testimonio y señala que «yo la miraba con los unos y con los otros». ¿Por qué, si huaca y «cosa de maravilla» son sinónimos, el Inca hace explícita la duplicidad de su mirada? Inclusive si «mirar con» se interpretara simplemente como «mirar en compañía de», y si tal anotación no fuera más que otro signo del deseo de expresar su doble filiación y de otorgar voz a uno y otro ancestro, la urgencia de hacer esta precisión seguiría siendo insólita. Imagino que lo que sucede es que su traducción triangular resulta insatisfactoria al mismo Garcilaso2 y que se siente oscuramente impulsado a insinuar, siquiera elípticamente, que en realidad la piedra es mirada de distinta manera, porque les dice distintas cosas, por indios y españoles. Todo indica que la frustración proviene de que en este fragmento, pero no en otros, en los que más bien insiste con énfasis en tal materia, Garcilaso ha borrado con esmero el significado sagrado de huaca. De haberlo hecho claro, «cosa de maravilla» y «admirable cosa» hubieran obturado su sinonimia: la maravilla remite a los inescrutables caprichos de la naturaleza, que atraían tanto a los letrados renacentistas cuanto a los bastos conquistadores de ánimo todavía medieval, mientras que la «admirable cosa», la huaca, no puede dejar de referir, como efectivamente sucede en la conciencia indígena, al asombroso misterio de la presencia divina en ciertos espacios sagrados del mundo. De este modo la convergencia homogeneizante que cuidadosamente se teje en el discurso explícito, como discurso de la armonía, se deshila en el subyacente, apenas implícito, donde lo vario y contradictorio, lo heterogéneo, reinstala su turbadora y amenazante hegemonía.
Añado, aunque el fragmento incita a más, un último comentario. Recuérdese que Garcilaso anota que «decían los que entendían de minas que si no lo sacaran de donde estaba, que por tiempo viniera a convertirse toda la piedra en oro», frase que tiene que leerse en relación con la que inicia el capítulo: «de la riqueza de oro y plata que en el Perú se saca, es buen testigo España», y con el final del relato sobre esta piedra-oro excepcional: su pérdida en el océano. Tal vez no sea demasiado audaz pensar que el texto narra sin proponérselo la historia posible del incario figurada en la piedra-oro que se hubiera vuelto íntegramente áurea si la dejan donde y como estaba, al mismo tiempo que se lamenta -solapada elegía- por la ruptura de un proceso que estaba transitando por espléndidas rutas hacia la edad de oro y por su malhadado fin, perdido precisamente en medio del mar que trajo a los conquistares. Pero además, ¿no subyace en todo este relato la nostalgia por una unidad posible, totalmente áurea, que la historia terminó por destrozar? Frente a esta unidad, esencial e impecable, la imagen de armonía que trabajosamente construye el discurso mestizo del Inca se aprecia más como el doloroso e inútil remedio de una herida nunca curada que como la expresión de un gozoso sincretismo de lo plural. Ahora entendido en términos de violencia y empobrecimiento, casi como mutilación de la completud de un ser que la conquista hizo pedazos, el mestizaje -que es la señal mayor y más alta de la apuesta garcilacista a favor de la armonía de dos mundos- termina por reinstalarse -y precisamente en el discurso que lo ensalza- en su condición equívoca y precaria, densamente ambigua, que no convierte la unión en armonía sino -al revés- en convivencia forzosa, difícil, dolorosa y traumática.
Textos como éste, y hay otros muchísimo más obvios, corroen internamente la conciliación propiciada con esmero por la escritura mestiza del autor de dos estirpes y delatan la inmanejable rispidez de las aporías que el Inca, sin duda, nunca pudo resolver. La reconciliación propiciada por Garcilaso no termina ni en las Indias ni en España; tal vez, como esa piedra-oro que a su manera es también mestiza, naufraga en medio océano que ahoga para siempre la plenitud de la pureza del oro que no fuera más que oro, como símbolo de la identidad sin conflictos, y desde allí, desde su imposibilidad sin atenuantes, genera la trágica nostalgia que el Inca jamás puede ocultar.
- II -
Pero Garcilaso no es sólo su persona, sus textos y la persona que producen sus textos; es, también, la figura social, nunca estable, que suscitan sus lecturas. Quisiera examinar ahora, precisamente, la construcción colectiva de su figura y del sentido que se le otorga. En este caso es bueno recordar que las imágenes con que cada sujeto social construye la comunidad a la que pertenece están hechas de materiales de índole varia y muy dispersa, destacando, entre ellos, los discursos sobre ciertos personajes paradigmáticos cuya memoria funciona como símbolo y como argumento validadores, a veces eficacísimos, de esa imagen de comunidad, casi siempre de comunidad nacional. Uno de ellos, y no solamente para el Perú sino para todo el mundo andino, es Garcilaso.
Lamentablemente la historia de la recepción de los Comentarios está por hacerse. Aunque se conoce algo de su influencia -en grado diverso- en determinados momentos claves de la historia andina: en el «nacionalismo inca» del siglo XVIII, en la gran revolución de Túpac Amaru y durante los años de la emancipación, por ejemplo, todavía queda mucho por precisar en lo que toca a los modos y a la intensidad de su inserción y reelaboración en la conciencia andina. En todo caso, en los momentos referidos, es claro que las obras de Garcilaso alentaron el ánimo reivindicador y hasta subversivo de indios, mestizos y criollos, pero más tarde se forjó otra imagen, la que hasta hoy sigue siendo hegemónica, aunque cada vez más discutida: es la que construyó la conservadora élite intelectual del 900, de manera especial a través de los estudios del más prestigioso de sus miembros, don José de la Riva Agüero. Me referiré exclusivamente a ella.
En 1910, en su tesis sobre La historia en el Perú, pero sobre todo en 1916, en su difundidísimo «Elogio del Inca»3, Riva Agüero diseñó un retrato de Garcilaso cuyos énfasis están puestos, de una parte, en la condición mestiza del personaje; y, de otra, en su carácter emblemático como plasmación temprana pero perfecta de la nacionalidad. Dice Riva Agüero:
Garcilaso [es] la personificación más alta y acabada de la índole literaria del Perú [...] desde su sangre, su carácter y las circunstancias de su vida, hasta la materia de sus escritos, y las dotes de imaginación y el inconfundible estilo con que los embelleció, [todo] concurre a hacerlo representativo perfecto, adecuado símbolo del alma de nuestra tierra.
(p. 6)


Naturalmente esa representatividad le viene, en primer lugar, de su condición mestiza, de un mestizaje una y otra vez aludido, como era de esperarse, en términos de síntesis armónica. Por ejemplo:
Es la adecuada síntesis y el producto necesario de la coexistencia y el concurso de influencias mentales, hereditarias y físicas que determinan la peculiar fisonomía del Perú.
(p. 58)


O más claramente todavía:
Y como las esperanzas, para no ser baldías, han de nacer o sustentarse en los recuerdos, saludemos y veneremos, como feliz augurio, la memoria del gran historiador en cuya personalidad se fundieron amorosamente Incas y Conquistadores, que con soberbio ademán abrió las puertas de nuestra particular literatura y fue el precursor magnífico de nuestra verdadera nacionalidad.
(p. 62, énfasis míos)


En realidad lo que hace Riva Agüero es ejercitar una lectura plana, avalada por una heurística positivista, que recoge con entusiasmo las afirmaciones de Garcilaso que mejor sirven a la indudable vocación armonizante y conciliadora del propio Inca, a la que suma otra lectura de igual índole, pero ésta de la biografía del personaje, al mismo tiempo que no ve, o no quiere ver, las tensiones irresueltas, los conflictos dramáticos y las desgarraduras sin remedio que corroen, desde dentro, la tersura de ese discurso y la placidez de una existencia retirada. Necesaria para imaginar la nación, la homogeneidad se afirma no sólo en la convergencia pacífica y constructiva de las «razas» sino en su fusión amorosa. Casi insensiblemente, la palabra «conquista» pierde sus significados bélicos y se desplaza hacia un campo semántico tan imprevisible como -desde esa perspectiva- necesario: el del erotismo. Nacida del amor y no de la destrucción y la muerte, la patria resulta ser suma y unimismamiento de lo vario y distinto.
Otros han mostrado con perspicacia hasta qué punto son socialmente necesarias estas imágenes de conciliación, sobre todo en los tramos formativos de naciones de raíz y temple entreverados. No me detendré en ello, por consiguiente, pero -en cambie- trataré de revelar las contradicciones implícitas en este otro discurso de la armonía.
Por lo pronto, la representatividad social de Garcilaso-mestizo no deriva de su condición de mestizo común, uno entre peligrosos millones cuando escribe Riva Agüero, sino de su radical excepcionalidad. Se trata, en efecto, de un peculiar mestizaje: no cualquiera, insisto, sino el que asocia a dos ancestros nobiliarios, «vástago -dice Riva-Agüero- de la estirpe imperial [incaica] y de uno de los primeros entre los nuevos e invencibles viracochas» (p. 21). En el texto del «Elogio» hay una abrumadora erudición genealógica sobre la rama paterna de Garcilaso que llega casi al éxtasis cuando tiene que referirse al pariente y protector del Inca, el Marqués de Priego: «Grande de España de primera clase y antigüedad, Señor de Aguilar de la Frontera, jefe y pariente mayor de la ilustre casa de Córdova [familiar del] Marqués Diego Alonso Fernández de Córdova y Suárez de Figueroa, acreditado general, veterano de Argel, San Quintín y Flandes [...] uno de los primeros próceres del Reino». En contraste, aunque por cierto se hace hincapié en la pertenencia de la madre del Inca a la nobleza cusqueña, es obvio que Riva Agüero sitúa en un primer plano la irremediable desigualdad de esa relación. La describe así:
[...] y la pobre niña Isabel Chimpu Ocllo, vástago de una rama menor y arruinada desde Atahualpa, mera sobrina de Huayna Cápac [...] no fue sino la manceba del orgulloso Garcilaso, aunque hay que suponer que la estimara y considerara excepcionalmente.
(p. 9, énfasis míos)


O casi peor:
En los intervalos de sus campañas [el Capitán Garcilaso] tuvo amores en el Cuzco con una joven princesa incaica, la ñusta Isabel Chimpu Ocllo, nieta del antiguo Monarca Túpac Yupanqui, una de las tímidas flores que solazaron a los fieros españoles4.
(p. 9, énfasis míos)


Por cierto, hechas estas aclaraciones, la espléndida imagen de la conquista como acto en que se «fundieron amorosamente Incas y Conquistadores», comienza a ser internamente demolida: por un lado, están los «orgullosos» y «fieros» españoles, por otro, las «pobres» y «tímidas» indias; y -para peor- queda por resolver el hecho de que los padres del Inca nunca se casaron. Riva Agüero intenta todavía preservar la vigencia de su imagen central y se apresura a aclarar que «en el tumultuoso desarreglo de la Conquista, reciente aún el ejemplo de la desenfrenada poligamia de les príncipes autóctonos, el simple concubinato era muy acepto y público, y casi decoroso a los ojos de todos» (p. 10, énfasis mío), pero a la postre, cuando debe referirse al matrimonio del capitán Garcilaso con una mujer de su misma raza, no puede menos que señalar que la madre de Garcilaso «tuvo que ceder el puesto» a la dama española (a la que describe, con su irreprimible obsesión genealógica, como «cuñada del valiente caballero leonés Antonio de Quiñones, que era deudo cercano del antiguo gobernador Vaca de Castro y del linaje de Suero de Quiñones») y define el matrimonio del Capitán, lo que sin duda hubiera enfurecido al Inca, como «proporcionado enlace» (id., p. 19).
De esta manera, la representatividad de Garcilaso sólo funciona si se acepta el mestizaje sobre todo como alianza de estirpes nobiliarias, cuyo esplendor aleja toda compañía indeseable; y si, aún dentro de ese claustro fuertemente enmarcado, se considera su «desproporción» y su irremediable y triple asimetría: hombre, español, conquistador, de un lado, y mujer, india, conquistada, de otro, lo que evidentemente supone que hasta dentro de la armonía, en la amorosa fusión de las razas, el poder no deja de ejercerse y las jerarquías no cesan de reafirmarse. Puesta frente a la contundente realidad, la homogeneidad de la nación apenas sobrevive en los vértices de dos pirámides sociales, una de las cuales -además- se impone sin concesiones sobre la otra. La tierna acepción de «conquista» como amoroso abrazo se desvanece y la otra, la conquista sin más, vuelve a tocar sus tambores de guerra. Para escucharlos no es necesario más que leer el revés del discurso de la armonía.
- III -
Debo terminar. Aunque no hay duda acerca de la estremecida tragicidad de la escritura de Garcilaso, que reproduce el crispamiento de todo acto de autoidentificación personal, social e histórica dentro del contexto de una situación colonial, ni sobre la gruesa manipulación que sufre en la recepción rivagüeriana, que sigue en buena parte vigente pese a la explicitez con que muestra las tretas de los discursos del poder, cabe sin embargo la opción de leerlas dentro de un código mayor, más envolvente, que remite a la necesidad irrefutable de construir imaginaria y discursivamente un espacio sin conflictos, a la vez que, en el mismo acto, revela sus trizamientos insolubles en su propia constitución interna. Lenguaje que dice lo que inclusive como lenguaje niega, el discurso de la armonía imposible corrobora la condición quebrada, heteróclita, beligerantemente contrapuesta de una literatura que sólo podemos conocer y reconocer en sus fisuras y desencuentros, en los erizados bordes que entrañablemente la trozan y articulan en un inacabable movimiento que tal vez sólo podamos entenderlo y vivirlo con plenitud, mientras no cambie nuestro mundo y nuestra historia, en la tensa e incitante precariedad de las encrucijadas.
Antonio Cornejo Polar

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