lunes, 7 de marzo de 2011
domingo, 27 de febrero de 2011
miércoles, 24 de noviembre de 2010
FINAL- 2010

FECHA DE ENTREGA: una semana antes de presentarse al examen final
-Realizar un análisis de uno de los siguientes textos:
La muerte de Artemio Cruz, Carlos Fuentes
El entenado, Juan José Saer
- Tener en cuenta las siguientes problemáticas.
- Tiempo (de la historia, la novela)
- Espacio
- Identidad y latinoamericanismo
Recomendaciones:
La redacción del texto deberá guardar las características de un texto académico:a) Estructura temáticab) Coherencia interna: relación entre los aspectos consideradosc) Consistencia interna: correcto orden en las proposiciones.
d) Articulación con otros textos del programa que presenten una problemática similar .Sobre las citas:El trabajo no debe constituirse en un conjunto de numerosas citas textuales de autores, sino, en general, debería parafrasearlos citando los autores de referencia al interior del texto y argumentar a favor del mismo o en disidencia. Las citas sólo se usan cuando tienen tal grado de comunicación relevante que son insustituibles.
Se considera que un trabajo ha logrado un nivel de conceptualización significativo cuando presenta:a) Organización jerárquica de la información: organización coherente y progresiva de la informaciónb) Desarrollo argumental: claridad en el planteo de problemas, análisis de la información adecuada; argumentos, contra argumentos y discusiones.
Diseño formal:La presentación del trabajo deberá ajustarse a las normativas que se sugieren a continuación:Estructura formal de la presentación:1. Página de tapa (Portada):Nombre y apellido del alumno/aNombre de la MateriaTítulo del trabajo.Fecha de presentación (día/mes/año)Se presenta en página aparte al comienzo del trabajo.2. IntroducciónAquí se presentará el tema, enunciando el propósito del texto y esbozando el recorrido que el autor se propone realizar.
3. DesarrolloConstituye la presentación del desarrollo argumental del tema. Puede presentar subtítulos.
4. ConclusionesEste apartado deberá presentar las conclusiones que se deriven del recorrido teórico desarrollado.
domingo, 31 de octubre de 2010
"Calibán, icono del 98- Carlos Jauregui

| "Calibán, icono del 98 Para Lucas 1898 fue un año fundamental en la redefinición de la identidad latinoamericana por los intelectuales de fin de siglo. El "destino manifiesto," la aplicación heterodoxa (2) de la doctrina Monroe y la tesis expansiva de Frederick Jackson Turner sobre las fronteras (1893), amenazaban no sólo a las Antillas; los intereses de los Estados Unidos (para usar la expresión de Teodoro Roosevelt) crecían en Centroamérica de manera peligrosa para la soberanía de sus repúblicas y la experiencia de Cuba ese año confirmaba los peores temores de la generación modernista. México, Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran —en el momento cumbre del imperialismo expansionista que alcanzaría a Panamá unos años más tarde— los nombres de una geografía territorial, cultural y económica, inestable. En este contexto podemos leer la fiebre verbal y el arrebato hispánico de los modernistas que, confiados en el poder de la letra, declaraban (en términos Norte / Sur) la identidad continental de la que Martí llamó "Nuestra América" y Darío la "Unión latina." La comprensión del momento se intentó nombrando la amenaza de diversas formas: utilitarismo, materialismo, barbarie, vulgaridad democrática, y oponiéndole el hispanismo (3) en sus versiones moral, racial y lingüística. Los referentes simbólicos de sus discursos fueron idílicos lugares comunes: la invocación de valores espirituales e idealistas, la latinidad que hacía a América "hija de España," "sobrina de Francia" y "nieta de Roma," y la lengua, que permitía la conexión con el pasado español. El personaje Calibán de La tempestad (1611) de William Shakespeare, icono canonizado por José Enrique Rodó en su ensayo Ariel (1900), sirvió para la composición utópica del imaginario histórico en un presente conflictivo e inasible, y para impugnar el materialismo vulgar de los nuevos tiempos (4). La apropiación latinoamericana de los personajes del drama (Calibán, Ariel, Miranda, Próspero) es, sin embargo, generacional, modernista; antes de que la propusiera Rodó estaba ya en el imaginario de la época. Esta breve nota quiere introducir uno de los documentos que da cuenta de ello, un artículo de Rubén Darío que quedó más o menos sepultado entre su prosa periodística y que ha sido descuidado por la crítica (5): "El triunfo de Calibán" aparecido en El Tiempo de Buenos Aires (20 de mayo de 1898) y en El Cojo Ilustrado de Caracas (1 de octubre de 1898). Dos años antes que Rodó lo hiciera, Darío —un Darío de 1898, visto tradicionalmente como el escapista y esteta de la "torre de marfil"— usaba con una retórica frontal la oposición Ariel / Calibán en su condena a los Estados Unidos, a propósito de la guerra de Cuba (6). Rodó, empero, establece una genealogía francesa (Ernest Renan) en la que no se halla Darío (7), ni tampoco el franco-argentino Paul Groussac, director de la Biblioteca Nacional, de quien —se dice— él y Darío habrían tomado la idea. Algunas exposiciones, en efecto, tienden a darle ese papel central a Groussac, lo cual es menester aclarar. El 2 de mayo de 1898, en el teatro La Victoria, en un evento patrocinado por el Club español de Buenos Aires a raíz de la guerra entre los Estados Unidos y España, Groussac se había referido a la agresión "yankee," y al cuerpo monstruoso (calibanesco) de los Estados Unidos, en medio de sus reflexiones sobre las bondades de la Conquista, las excelencias de la literatura española, y la observación sobre inmadurez de Cuba para la independencia [!]:
Antes de la publicación de Ariel y casi simultáneamente con la referencia citada de Groussac, Darío reintrodujo en "El triunfo de Calibán" el "personaje metáfora" que le permitiría articular ese alegato desgarrado en favor de una idílica cultura hispánica fundada en valores espirituales, contra el modelo igualitario y capitalista de los Estados Unidos (8). Cuatro años antes de los eventos del teatro La Victoria y del artículo que se publica, Darío ya había adelantado a Calibán en su semblanza de Edgar Allan Poe publicada en la Revista Nacional (9) en enero de 1894, que incluyera luego en Los raros (1896). Al comienzo de ésta hace un recuento de su viaje a la ciudad New York (1893) que recuerda bajo el acaloramiento y disgusto que le causaba "la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa. . . capital del cheque" (14, 15), y anticipa al Calibán de su artículo de 1898:
David Allen (386) supone que "Chicago: la ciudad y la exposición" en Del Plata al Niágara (1897) de Groussac habría influido la nota sobre Poe de Darío. Según él, ese capítulo fue publicado en 1883 en un periódico —que no cita— en Buenos Aires. Aunque el texto está fechado en Octubre de 1883 y la hipótesis de Allen es interesante y muy probable, la noticia de publicación que tenemos es la de la edición de 1897 (Canter 12). Aún aceptando que el capítulo de Groussac hubiera sido publicado antes, la mención que allí aparece está referida a la belleza de Chicago que llama "canibalesca" (345), lo que de cualquier manera no tiene el alcance de la oposición binaria Ariel / Calibán; además. . . ¿No ignoraríamos que Darío declara a Peladan como su fuente cuando dice: "'esos feroces calibanes...' escribe Peladan"? El Sãr, Joséphin Peladan (1858-1918), a quien Darío "leía con particular devoción" (Arciniegas 315), fue un novelista y ocultista francés en la corriente angelista (opuesta al Satanismo) y fundador de la orden Rose-Croix (1892), que gozaba de gran prestigio entonces (Pincus 2-9). Peladan había profetizado el triunfo del materialismo (Arellano 1996: 85) y de allí la conveniencia y pertinencia de la adopción de ese ícono que coadyuvaba la oposición al positivismo científico y al materialismo . La declaración de Darío sobre su fuente es clara y le queda a la crítica el rastreo de ese Calibán, hijo putativo de América, del espiritismo francés y de las ciencias ocultas a las que fue propenso el Modernismo (11). Darío, se dijo, poco le debería en todo caso a la mención pasajera de Groussac sobre Chicago, aún en el caso de haber sido ésta publicada antes de 1894. Me inclino a pensar que hubo cierta simultaneidad en el uso de una metáfora afrancesada que estaba en el ambiente. Ahora bien, si se acepta como probable la deuda de Darío con Groussac, no sucede lo mismo con la supuesta influencia de Renan; no tenemos indicios que permitan una lectura extensiva de las fuentes de Ariel como si fueran las mismas de "El triunfo de Calibán." "El triunfo de Calibán" fue reescrito a partir del texto de Los raros sobre Poe que, como se anotó, parece tener raíces en el espiritismo francés. Rodó, por su parte, no obstante que conoció Los raros (Balseiro 121) y muy probablemente había leído "El triunfo de Calibán" antes de escribir su Ariel, no menciona a Darío. Renan le sirve de autoridad "mejor" que el nicaragüense. Por otra parte aunque ambos ensayos tienen como presupuesto "los valores de la latinidad," el de Rodó difiere por su tono reposado y porque en él la oposición Ariel / Calibán es menos explícita. Ariel "presupone la amenaza de Calibán" (Ramos 217) pero no la hace manifiesta; el genio del aire se opone casi tácitamente a un escasamente mencionado Calibán. El texto sobre Poe en Los raros contiene la mayoría de las asociaciones del alegato del 98: el "yankee" es el monstruo Calibán, un ser moralmente inferior que sucumbe al vicio de la bebida (12), y que reemplaza la razón con la fuerza, en contraste con Ariel que representa las alturas del espíritu; la bestia encarna el materialismo, una forma satánica del mal ("su nombre es Legión (13)") vinculada al modelo norteamericano cuyas ciudades son emblemáticas de la "civilización barbara" (oxímoron que conjuga los extremos de la proposición de Sarmiento); Miranda aparece como un eterno femenino virginal / maternal que extiende sus brazos al idealismo (14) "latino"; y por último, las excepciones confirman la regla: Poe y Lanier (quien "se salva "por la gota latina que brilla en su nombre") se baten contra —y existen a pesar de— un medio corrupto que ha quebrado la aristocracia del espíritu. El discurso elitista de la crisis finisecular modernista no pensó la época fuera del antipragmático y aristocrático manifiesto de la latinidad. Esta visión del imperialismo "como una contradicción a la tradición hispánica, y un ataque a los fueros de la intelligentsia elevada por encima de la masa" (Moraña 67), es un síntoma del desencuentro de estos intelectuales con la modernidad (parafraseando una expresión de Julio Ramos) y una marca de los límites de su lectura de la cultura y la historia. Al nombrar su causa de identidad como la de la raza latina, acudían a una idea racista, de factura francesa y paradójicamente diseñada en el proceso de constitución del "botín americano (15)" que se disputaban potencias como Inglaterra, Francia y Los Estados Unidos, esos gigantes con botas de siete leguas —como decía Martí en 1891— que libraban una "pelea de cometas en el cielo" y que iban "por el aire dormido engullendo mundos" ("Nuestra América" 6: 15). A esta contradicción debe sumarse, en el caso de Darío, la inconstancia de la beligerancia espiritual "latina" contra el "imperio de la materia" y la "apoteosis del puerco" yankee; el latinismo que en 1898 concluye: "¡Miranda preferirá siempre a Ariel; Miranda es la gracia del espíritu; y todas las montañas de piedras, de hierros, de oros y de tocinos, no bastarán para que mi alma latina se prostituya a Calibán!," no resiste la lectura de los versos de "Salutación al águila" (1907): "Tráenos los secretos de las labores del Norte, / y que los hijos nuestros dejen de ser los rétores latinos / y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor, el carácter." Tres paradojas adicionales pueden ilustrar los límites del discurso calibánico del 98: 1. En el "El triunfo de Calibán" Darío insiste repetida y pródigamente en imágenes de consumición:
En "Invasión anglosajona: Centroamérica yanqui" (1902) denunciará de nuevo el apetito de los Estados Unidos justo antes de la intervención en Panamá y temiéndola en Nicaragua:
Sin embargo Darío, que tenía frente a sí esta imagen del imperio voraz, no relacionó a Calibán con el concepto o término "caníbal," más acorde con el campo léxico de su caracterización de los Estados Unidos. El anagrama, que suponemos obvio, no lo era tanto para Darío, o no del todo. 2. La resistencia humanista a la consolidación del poder hegemónico norteamericano y al imperialismo no encuentra un ícono en Calibán, como sucederá posteriormente con la avanzada contracolonial en el Caribe (Lamming, Cesaire, Fernández-Retamar). Darío y Rodó no se reconocen en el monstruo colonizado que maldice al usurpador, sino en Ariel (16). Calibán maldice a Próspero en un gesto de rebeldía maniatado por el poder del invasor; Darío en 1898 se sabe, o se declara, sujeto de un heroísmo de la inutilidad, pero no reconoce en sus palabras el drama calibánico:
Darío dirige su "panfleto cultural" (17) contra los Estados Unidos, no contra España (18) y, en este sentido, la identificación con Ariel, el sirviente del Próspero, es coherente con el papel instrumental del intelectual defensor de los intereses peninsulares. 3. De la pluma de Martí obtuvo Darío el material de una lectura intensa de los Estados Unidos (el lector de "El triunfo de Calibán" notará cierta intertextualidad, por ejemplo en los juicios severos a Blaine y a Gould), pero su defensa de España en las condiciones de ese momento era un alegato contra Cuba y contra la herencia política del cubano, pese a los golpes de pecho al final del texto (19). Arturo Andrés Roig, hablando de Martí, Hostos, Darío y Rodó, dice que el discurso del 98 americano no es
Por lo que respecta a "El triunfo de Calibán" no se puede aceptar la tesis de Roig; ese discurso antiimperialista prestaba un servicio instrumental a la política exterior española (20) y su simpatía por la causa martiana es apenas sentimental: "Y yo que he sido partidario de Cuba libre, siquier fuese por acompañar en su sueño a tanto soñador y en su heroísmo a tanto mártir, soy amigo de España en el instante en que la miro agredida por un enemigo brutal." Darío lamenta el surgimiento del nuevo imperio, es cierto, pero no deja de hacer lo mismo por el fin del anterior. Estos límites de la metáfora —el que no relacione Calibán / Caníbal, que no asocie Calibán / América, y/o que no extienda el "escenario conceptual" de La tempestad a España— pueden tener relación causal con las pobres herramientas del humanismo burgués para entender su tiempo allende su espiritualismo antipragmático, por ejemplo en términos económicos. Lo que se ha indicado respecto de Ariel, es decir, que no se detuvo en "las causas político-económicas del fenómeno imperialista" sino que se quedó en la resistencia axiológica programática (Moraña en Iñigo 660), puede bien hacerse extensivo a "El triunfo de Calibán." La posición problemática de esta generación tiene su nudo en la pérdida de autoridad de su quehacer letrado y en el correspondiente intento por legitimar la literatura en la medida de su resistencia a los flujos de la modernización (Ramos 10), al tiempo que —para defender a una potencia decadente contra una emergente—, se permitía retozos eurocéntricos (21) como la construcción de un discurso de identidad con fuentes ideológicas en Shakespeare, en los ideólogos del imperialismo francés, o, en el mejor de los casos, en sus espiritistas. Por ello Groussac, sin rubor, habla de la inmadurez de Cuba para la independencia y Darío trae a su monólogo a una España vetusta y no a la que libró una guerra contra los cubanos y que, de alguna manera, con su insistencia en conservar las colonias, sirvió a Cuba en bandeja a la intervención de los Estados Unidos: "la España que yo defiendo —decía— se llama Hidalguía, Ideal, Nobleza; se llama Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázquez; se llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la Hija de Roma, la Hermana de Francia, la Madre de América." Obviaba la España que hizo de la población civil de la isla un objetivo militar en la campaña de tierra arrasada del general español Valeriano Weyler en 1896. "El triunfo de Calibán," en conclusión, tiene un valor representativo de los debates de la época y del imaginario del 98, de los alcances y límites del discurso frente a la modernidad, el imperialismo y la identidad continental, e indica el rumbo de la imaginación histórica generacional del fin de siglo. Cuando Rodó escribe su ensayo interpelando en su dedicatoria a "la juventud de América" parece mirar al futuro; en realidad cerraba, bajo el ropaje de propuesta de un deber ser, una época en agonía. Detrás de la grandilocuencia de ese texto, y de la vehemencia enconada del de Darío, estaba la misma frustración e impotencia, la de una generación que hizo un discurso utópico en las puertas de su Apocalipsis. Carlos Jáuregui Bibliografía
Notas
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Rubén Darío
Nuestros textos escolares llaman siglos de oro al XVI y al XVII; Juan Ramón Jiménez decía que eran de cartón dorado; más justo sería decir: siglos de la furia española. Con el mismo frenesí con que destruyen y crean naciones, los españoles escriben, pintan, sueñan. Extremos: son los primeros en dar la vuelta al mundo y los inventores del quietismo. Sed de espacio, hambre de muerte. Abundante hasta el despilfarro, Lope de Vega escribe mil comedias y pico; sobrio hasta la parquedad, la obra poética de San Juan de la Cruz se reduce a tres poemas y unas cuantas canciones o coplas. Delirio alegre o reconcentrado, sangriento o pío: todos los colores y todas las direcciones. Delirio lúcido en Cervantes, Velásquez, Calderón; laberinto de conceptos en Quevedo, selva de estalactitas verbales en Góngora. De pronto, como si se tratase del espectáculo de un ilusionista y no de una realidad histórica, el escenario se despuebla. No hay nada y menos que nada: los españoles viven una vida refleja de fantasmas. Sería inútil buscar en todo el siglo XVIII un Swift o un Pope, un Rousseau o un Laclos. En la segunda mitad del siglo XIX surgen aquí y allá tímidas manchas de verdor: Bécquer, Rosalía de Castro. Nada que se compare a Coleridge, Leopardi o Holderlin; nadie que se parezca a Baudelaire. A fines de siglo, con idéntica violencia, todo cambia. Sin previo aviso irrumpe un grupo de poetas; al principio pocos los escuchan y muchos se burlan de ellos. Unos años después, por obra de aquellos que la crítica seria había llamado descastados y "afrancesados", el idioma español se pone de pie. Estaba vivo. Menos opulento que el siglo barroco, pero menos enfático. Más acerado y transparente.
El último poeta del período barroco fue una monja mexicana: Sor Juana Inés de la Cruz. Dos siglos más tarde, en esas mismas tierras americanas, aparecieron los primeros brotes de la tendencia que devolvería al idioma su vitalidad. La importancia del modernismo es doble: por una parte dio cuatro o cinco poetas que reanudan la gran tradición histórica, rota o detenida al finalizar el siglo XVII; por la otra, al abrir puertas y ventanas, reanimó el idioma. El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada. Después de esa experiencia el castellano pudo soportar pruebas más rudas y aventuras más peligrosas. Entendido como lo que realmente fue --un movimiento cuyo fundamento y meta primordial era el movimiento mismo-- aún no termina: la vanguardia de 1925 y las tentativas de la poesía contemporánea están íntimamente ligadas a ese gran comienzo. En sus días, el modernismo suscitó adhesiones fervientes y oposiciones no menos vehementes. Algunos espíritus lo recibieron con reserva: Miguel de Unamuno no ocultó su hostilidad y Antonio Machado procuró guardar las distancias. No importa: ambos están marcados por el modernismo. Su verso sería otro sin las conquistas y hallazgos de los poetas hispanoamericanos; y su dicción, sobre todo allí donde pretende separarse más ostensiblemente de los acentos y maneras de los innovadores, es una suerte de involuntario homenaje a aquello mismo que rechaza. Precisamente por ser una reacción, su obra es inseparable de lo que niega: no es lo que está más allá sino lo que está frente a Rubén Darío. Nada más natural: el modernismo era el lenguaje de la época, su estilo histórico, y todos los creadores estaban condenados a respirar su atmósfera.
Todo lenguaje, sin excluir al de la libertad, termina por convertirse en una cárcel; y hay un punto en el que la velocidad se confunde con la inmovilidad. Los grandes poetas modernistas fueron los primeros en rebelarse y en su obra de madurez van más allá del lenguaje que ellos mismos habían creado. Preparan así, cada uno a su manera, la subversión de la vanguardia: Lugones es el antecedente inmediato de la nueva poesía mexicana (Ramón López Velarde) y argentina (Jorge Luis Borges) ; Juan Ramón Jiménez fue el maestro de la generación de Jorge Guillén y Federico García Lorca; Ramón del Valle Inclán está presente en el teatro moderno y lo estará más cada día... El lugar de Darío es central, inclusive si se cree, como yo creo, que es el menos actual de los grandes modernistas. No es una influencia viva sino un término de referencia: un punto de partida o de llegada, un límite que hay que alcanzar o traspasar. Ser o no ser como él: de ambas maneras Darío está presente en el espíritu de los poetas contemporáneos. Es el fundador.
Tomado de Octavio Paz "El Caracol y la Sirena", Cuadrivio, Editorial Joaquín Mortiz, S. A. , México, 1964.
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jueves, 7 de octubre de 2010
LA IDENTIDAD COMO POETICA DE LA EXISTENCIA-Gustavo Leyva

Ya algunos pensadores como José Gaos se preocuparon por comprender a Latinoamérica como una entidad no tanto geográfica sino más bien social, cultural e histórica, situada en el interior de Occidente y no fuera de éste ni mucho menos opuesta a él. Occidente constituye así un marco de referencia ineludible para todo aquel que se ocupe en precisar la peculiaridad de aquéllo que deba entenderse por "filosofía latinoamericana" (2). Debe destacarse en este sentido que los movimientos de independencia política y cultural con respecto a España y Portugal ocurridos a lo largo del siglo XIX, ejercerían una enorme influencia en la conformación de la filosofía y el pensamiento latinoamericanos. Estos movimientos estuvieron, entre otras cosas, animados por la búsqueda y definición de la identidad. Al interior - y como momento reflexivo de tales procesos surgiría una línea de pensamiento filosófico que se articularía no tanto en la forma sistemática que caracterizara a las grandes construcciones intelectuales de la tradición filosófica occidental, sino, más bien, de manera asistemática y/o antisistemática, al margen de toda suerte de pretensiones trascendentes y de fundamentaciones últimas. Se trata de un pensamiento que, en estrecha relación con la literatura, se ocupará de articular una reflexión a partir de los problemas planteados en ese momento por la historia, en particular aquéllos relativos a la identidad latinoamericana y su diferencia con respecto a la cultura y la historia de Europa occidental. Desde entonces, esta interrogación en torno a la identidad no ha cesado de plantearse una y otra vez en la filosofía y el pensamiento latinoamericanos.
La reflexión latinoamericana sobre la identidad ha cristalizado en obras ensa-yísticas de gran relevancia, situadas al interior de un vasto espectro que abarca desde los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (José Carlos Mariátegui, 1928) hasta La expresión americana (José Lezama Lima, 1957) pasando por la Radiografía de la Pampa (Ezequiel Martínez Estrada, 1933), Casa Grande e senzala (Gilberto Freyre, 1933), El Perfil del hombre y la cultura en México (Samuel Ramos, 1934) y El Laberinto de la Soledad (Octavio Paz, 1950), por citar tan sólo algunos de los ejemplos más destacados. Es claro que esta indagación sobre la identidad varía y se desplaza con ritmos distintos en cada una de las reflexiones arriba mencionadas. Algunas veces se trata de enfatizar la escisión, el desgarramiento constitutivo que caracteriza a la identidad cultural latinoamericana desde sus orígenes, en una meditación que se mueve libremente en diversos registros temáticos: desde la geografía hasta la historia pasando por la cultura, la psicología y la política - pienso en este sentido en Ezequiel Martínez Estrada. Otras veces se trata de una suerte de "caracterología" de lo latinoamericano y de su cultura, centrada sobre todo en los mecanismos psicosociales que subyacen a ciertos fenómenos sociales y culturales en el interior de un marco predominantemente psicológico (pienso aquí en Samuel Ramos) aunque con apuntes extraordinariamente agudos sobre la cultura y la historia. Esta reflexión sobre la identidad asume también en ocasiones la forma de una indagación histórica, sociológica y antropológica que busca comprender a aquélla en el marco de una entidad geográfica, ecológica, demográfica, econó-mica, social, cultural y aún psicológica, determinada con ayuda de instrumentos conceptuales provenientes de las ciencias sociales - y aquí tengo en mente sobre todo a Gilberto Freyre. Es posible asimismo ofrecer una respuesta a la pregunta por la identidad en el marco de un ensayismo literario en el que se entrelazan la reflexión político-moral, la literatura y la filosofía de la historia en el interior de un plexo en el que se crucen la antropología de la cultura en la dirección avanzada por la Völkerpsychologie alemana, la tradición moralista francesa que va desde Montaigne y La Bruyère hasta Valéry pasando por Montesquieu, Rousseau y Voltaire y, finalmente, aquella línea abierta en la península ibérica por figuras como Larra y continuada por los escritores de la llamada Generación del 98 (Ortega y Gasset, Unamuno, Azorín). En esta tercera línea pienso sobre todo en la obra de Octavio Paz (3).
Llama la atención el que en la reflexión orientada por esta interrogación en torno a la identidad latinoamericana se han planteado problemas a los que, por vías por entero independientes, se ha visto también llevada la discusión ética contemporánea. Aunque con otras modalidades, aquí también se observa un desplazamiento en el centro del interés que ha llevado a mantener una cierta reserva frente a la pretensión de ofrecer una fundamentación sistemática de normas y principios morales, para, en lugar de ello, pasar a ocuparse de cuestiones relacionadas con la identidad de los sujetos morales en el interior de aquellos horizontes históricos y culturales en los que se encuentran. Este desplazamiento tiene lugar en el interior de un movimiento que va desde la argumentación filosófica hacia la narratividad literaria. A continuación intentaré mostrar brevemente el carácter de este desplazamiento en sus líneas más generales.
Uno de los rasgos que caracterizan a las reflexiones éticas desarrolladas en la Modernidad es la pretensión por desarrollar y fundamentar una moral secularizada e independiente de toda suerte de supuestos míticos, religiosos y metafísicos. En efecto, uno de los elementos definitorios de la Modernidad es la pérdida del poder unificante de las imágenes del mundo. Ello se expresa en el plano de la ética en la imposibilidad de fundamentar normas y principios morales que poseen una pretensión de validez universal apelando a principios dogmáticos o metafísicos. Se destacan en este sentido tentativas contemporáneas como las de Marcus George Singer y John Rawls en el ámbito anglosajón, o las de Paul Lorenzen, Ernst Tugendhat, Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas en la discusión filosófica alemana. En todos ellos se advierte la preocupación por establecer las condiciones de posibilidad de los juicios morales que sea a la vez imparcial y racionalmente fundamentada, sin tener que apelar a supuestos metafísicos (4). Estas reflexiones se mueven, sin embargo, en el interior de una tensión que caracteriza a las reflexiones éticas modernas desarrolladas en la línea de Kant. En efecto, las propuestas situadas en la vertiente inagurada por el filósofo de Königsberg se caracterizan por la radicalidad de sus criterios de demostración y fundamentación tanto de los juicios teóricos como de los estéticos y prácticos. Ello se expresa en el ámbito de la filosofía práctica en una distinción clara, en una separación radical entre los problemas de fundamentación de normas y principios morales y los relacionados con su aplicación, centrándose básicamente en los primeros y desatendiendo los segundos (5). Es en razón de ello que estas propuestas se han mostrado una y otra vez incapaces para dar respuesta al problema de cómo aplicar normas universales - previamente fundamentadas - a situaciones particulares, es decir, a la cuestión de cómo pueden ser efectivamente realizados los ideales morales. Pues las normas así fundamentadas deben su validez general precisamente al hecho de que son capaces de resistir la prueba de su generalización, de su universalización, tan sólo en forma descontextualizada. Concebida exclusivamente como facultad de fundamentar normas, la razón práctica no puede sino abstraerse de todas aquellas peculiaridades que especifican a los casos singulares, a las situaciones concretas en que se encuentran los individuos cuando se enfrentan a problemas de tipo moral. De este modo, en su empeño por delimitar y fundamentar en el ámbito de la moralidad reglas de validez universal acerca de lo que debemos hacer, las éticas de corte kantiano, en sus versiones más extremas, parecen haberse desentendido de problemas que resultan de enorme relevancia para entender la complejidad de la vida moral.
Una tentativa tendiante a superar estas limitaciones no debe orientarse, me parece, a la búsqueda de una suerte de complemento de la perspectiva universalista mediante un análisis orientado a mostrar el modo en que la ley moral o el sentimiento del deber se encuentran siempre ya presupuestos en nuestras creencias morales ordinarias o en nuestras argumentaciones. Tampoco se trataría de mostrar que los fenómenos morales son parte del ámbito de lo inexpresable o que pueden ser situados en el difuso plano de la emotividad, de los sentimientos, de las actitudes y los valores como algo distinto del orden de lo fáctico. No pienso tampoco en una indagación orientada a determinar la especificidad del lenguaje moral que se caracterizaría por su prescriptivismo, como tampoco en una elucidación de la textura moral a partir de una intuición que pudiera mostrarse como evidente en la acción misma. Se trataría más bien de ver en qué forma puede articularse una reflexión postilustrada sobre el mundo de la vida moral que preserve, por un lado, la distancia crítica y reflexiva respecto a la moral implícita en las formas concretas de vida, pero que, al mismo tiempo, pueda atender a la amplitud y complejidad del mundo moral de las sociedades modernas, siempre irreductible a un único orden de explicaciones. Tal reflexión postilustrada deberá incorporar la dimensión relacionada con la aplicación de normas a situaciones y dilemas morales específicos, teniendo en cuenta la sabiduría práctica de los agentes morales - sabiduría vinculada siempre a contextos y horizontes culturales específicos. Además, deberá estar en la capacidad de dar cuenta de los problemas relativos a la felicidad y la vida buena en sus relaciones de tensión con la justicia, con los ámbitos de lo público y lo privado y, por supuesto, con la identidad de los sujetos morales. En este punto específico me parece claro que una de las formas en que puede devenir comprensible la identidad de un sujeto moral es precisamente a través de la narración de la génesis y desarrollo del punto de vista moral, esto es, del relato de la constitución del horizonte moral en que se encuentre, así como de las tensiones que lo atraviesan (6). Es en este sentido que la literatura se hallaría en condiciones de suministrar un aporte de extraordinaria importancia para una reflexión moral en la forma en que arriba se ha señalado. No se trataría, con ello, de rechazar el universalismo ético moderno, sino de comprenderlo desde una perspectiva históricamente adquirida en la cual es posible reflexionar sobre la vida moral y enfrentarse con los dilemas que la caracterizan. De la misma manera, tampoco se trataría de una reducción de la filosofía - en este caso la filosofía moral - a la literatura, en donde la primera terminara por confundirse con la segunda o de ser anulada por ésta. Se trataría, más bien, de ampliar lo que tradicionalmente se ha entendido bajo la denominación genérica de "Filosofía" mediante la incorporación de registros y órdenes discursivos, en este caso provenientes de la literatura, en un movimiento que escape a los falsos dilemas y a las oposiciones tradicionales establecidas entre el mitos y el logos, la retórica y la lógica, lo figurativo y lo literal, la metáfora y el concepto, la narración y la argumentación..
De este modo podría avanzarse hacia una comprensión de la importancia que posee la narración de la historia de un argumento, de la perspectiva moral de un individuo o de una sociedad entera en el interior de un horizonte cultural y de vida concreto para la adecuada comprensión y resolución de los problemas morales. Desde esta perspectiva, la literatura adquiere una especial significación en lo que respecta a la comprensión y esclarecimiento de los problemas relacionados con la identidad. Ello se advierte, y con ello me sitúo nuevamente en el interior de la tradición ensayística latinoamericana, en la obra de un pensador como Octavio Paz.
Ya el psicoanálisis freudiano había subrayado la necesidad de construir narrativas del proceso de autocreación de cada individuo, en donde éste pueda redescribir su pasado y, de esa manera, reescribirse y rehacerse continuamente a sí mismo. En Freud, al igual que en Nietzsche o en Proust, se asigna una enorme importancia al bosquejo de narrativas del propio desarrollo individual al igual que de la cultura y de la tradición en las que se vive. En virtud de estas narrativas, el presente es concectado tanto con el pasado (lo que se ha sido) como con el futuro (lo que se desea ser), en un proceso de continua redescripción que tiene como objetivo bosquejar la imagen de la clase de persona que se desea llegar a ser, así como del tipo de sociedad en que se quiere vivir (7). Estas narrativas no son suministradas únicamente por aquéllo que comúnmente se designa como "Filosofía". Ellas abarcan, como ya se ha dicho, géneros como la sociología, la historia, la etnología y la literatura, particularmente la novela. Es en este sentido que por ejemplo Octavio Paz en El Arco y la Lira, retomando una idea avanzada por Jakob Burckhardt, caracteriza a la novela como la épica de la sociedad moderna. En este género ambiguo en el que se entrecruzan la confesión y la auto-biografía, al igual que la épica y el ensayo filosófico, no se procede como en el reporte científico ni tampoco exactamente como en la narración que realiza un historiador. Al revivir un instante, el novelista no opera como el historiador que relata un suceso, sino que recrea un mundo siriviéndose del ritmo del lenguaje y de las virtudes transmutadoras de la imagen. "Su obra entera - escribe Paz - es una imagen. Así, por una parte, imagina, poetiza; por la otra describe lugares, hechos y almas. Colinda con la poesía y con la historia, con la imagen y la geografía, el mito y la psicología" (8). La novela oscila permanentemente entre la prosa y la poesía, entre el concepto y el mito. "Ambigüedad e impureza le vienen de ser el género épico de una sociedad fundada en el análisis y la razón, esto es, en la prosa" (9). De acuerdo a Paz, la oposición entre el mundo de la novela moderna y el mundo de la poesía antigua puede observarse en forma clara en la diferencia entre Dante y Balzac. La Divina Comedia es un canto a la creación; La Comedie Humaine, por su parte, es más bien descripción, análisis; la historia de una clase en ascenso, de sus crímenes y pasiones. Se trata de una obra que participa a la vez de la enciclopedia y la epopeya, de la creación mítica y de la patología, de la crónica y del ensayo histórico, de la investigación científica al igual que de la crítica y la utopía. La sociedad se ve a sí misma en sus creaciones literarias en prosa y, alternativamente, se diviniza y se examina; se canta, pero también se juzga y se condena; se expresa, se critica y autocritica, se describe y redescribe constantemente a sí misma, como lo muestra, según Paz, la tradición novelística francesa desde Laclos hasta Proust (10).
Las descripciones y representaciones que los sujetos y la sociedad realizan de sí mismos en la novela o en la autobiografía se sitúan, pues, en el interior del plexo hermenéutico, interpretativo que caracteriza a toda existencia humana. Se trata, pues, de una labor de interpretación y reinterpretación que los sujetos y las sociedades realizan constantemente de sí mismos, de la vuelta reflexiva sobre sus deseos, intenciones, representaciones e imágenes, de una reflexión interpretativa que, como se ha dicho, se realiza siempre en el interior de un horizonte cultural, social, moral e histórico específico y que es constitutiva en la definición de la identidad. Esta aparece así como una construcción que se articula en y por las descripciones y redescripciones que los sujetos y las sociedades realizan de sí mismos, en este caso a través de sus representaciones en la literatura en prosa, concretamente en la novela.
Hay, sin embargo, un fenómeno de enorme significación que Paz advierte en el desarrollo de la novelística en el siglo XX: se trata de la introducción de la poesía en la novela. Esta tendencia se observa, según Paz, en Joyce, en Proust y en Kafka, lo mismo que en Faulkner y Jünger o, agregaría por mi parte, en Rulfo y Cortázar. Tendencias análogas pueden ser mostradas también en el teatro de autores como Strindberg e Ibsen (11). Es ello lo que le permite a Paz concluir que "...la lucha entre prosa y poesía, consagración y análisis, canto y crítica, latente desde el nacimiento de la sociedad moderna, se resuelve por el triunfo de la poesía" (12). Este movimiento desde la novela hacia la poesía comporta un desplazamiento desde la interpretación hacia la revelación y la creación, desde una hermenéutica hacia una poética de la existencia humana.
De acuerdo a Paz la experiencia religiosa, la mítica y la poética mantienen un origen común. Todas ellas son experiencias que remiten al orden de lo sagrado, a algo que no puede ser reducido a razones ni integrado en conceptos, a algo que acaso puede ser expresado solamente mediante imágenes y paradojas, a algo que se experimenta, en fin, con una mezcla de horror y fascinación: "Ante los dioses y sus imágenes sentimos simultáneamente asco y apetito, terror y amor, repulsión y fascinación" (13). Este horror que despierta lo sagrado brota de la extrañeza radical que lo caracteriza, de la experiencia de soledad y desarraigo en el mundo que provoca. Lo sagrado es, pues, una experiencia de anulación del orden establecido de identidades, sea del mundo objetivo, sea del subjetivo. En palabras de Paz: "esto que está frente a nosotros - árbol, montaña, imagen de piedra o de madera, yo mismo que me contemplo - no es una presencia natural. Es otro. Está habitado por lo Otro. La experiencia de lo sobrenatural es experiencia de lo Otro" (14). El mundo aparece así como un "ideograma numinoso de lo Otro". La experiencia de lo sagrado muestra al hombre en ese continuo proyectarse hacia algo que no se es, sea en la forma del deseo (Freud), de la temporalidad (Heidegger) o de la otredad (Machado) (15). Ella revela la condición paradójica del hombre, remitido constitutivamente hacia la otredad. La experiencia de lo sagrado es, pues, la experiencia de la contingencia y la finitud del acontecer humano (16). "El hombre ha sido arrojado, echado al mundo - escribe Paz. Y a lo largo de nuestra existencia se repite la situación del recién nacido: cada minuto nos echa al mundo; cada minuto nos engendra desnudos y sin amparo; lo desconocido y ajeno nos rodea por todas partes" (17). Esta es la situación humana original, "...el estar ahí, el sabernos arrojados en ese ahí que es el mundo hostil e indiferente- y del hecho que la hace precaria entre todos: su temporalidad, su finitud" (18). Es precisamente esto lo que se expresa, de acuerdo a Paz, en la palabra poética. En ella se revela la otredad y, en esa medida, la contingencia y finitud que son constitutivas de la existencia humana.
La Poesía no es entonces sino recreación y, a la vez, revelación de esta experiencia originaria. Entendido de esta manera, el acto poético no constituye tanto una interpretación, sino más bien una revelación de nuestra condición. "La poesía, dirá Paz, no es un juicio ni una interpretación de la existencia humana [...] expresa simplemente lo que somos; es una revelación de nuestra condición original..." (19). Se trata, pues, de una poética de la existencia humana que subraya el proceso de construcción de identidad de los sujetos, entendido como una constante invención. De esta manera, el sujeto "..no es aquél que parte al descubrimiento de sí mismo, de sus secretos y de su verdad oculta; es [más bien] aquél que busca inventarse a sí mismo (qui cherche à s'inventer lui-même). [La] modernidad no libera al hombre en su propio ser; más bien lo fuerza a la tarea de elaborarse a sí mismo (la tâche de s'élaborer lui-même)" (20). En este punto se enlaza el movimiento de interpretación y construcción del sujeto a través de un acto hermenéutico con el de creación mediante el acto poético que enfatiza la dimensión estética de esta invención. La modernidad nos invita, pues, a la innovación y la experimentación, a la diseminación y la proliferación, al uso creativo del lenguaje en la búsqueda de redescripciones del sujeto de modo que éste pueda comprenderse como el resultado de una creación compleja y se revele en un cierto sentido como una obra de arte.
NOTAS
1 Las reflexiones presentadas en este trabajo se conciben como deudoras de varias discusiones sobre la cultura y el pensamiento latinoamericanos con Patricia Baquero, Miriam Madureira, Elizabeth Millán, Santiago Castro-Gómez, Gerardo Villegas y Alonso Silva.
2.Para esto y para lo que a continuación sigue, véase Gaos, J. "Pensamiento de lengua española" (1942-1943) en Gaos, J., Obras Completas, Vol. VI, UNAM, México, 1990, pp. 31-106.
3.Cfr., la introducción de Enrico Santí a Paz, O. El Laberinto de la Soledad, Ed. de Enrico Mario Santí, Ed. Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 1993.
4.Cfr., Habermas, J., "Diskursethik. Notizen zu einem Begründungsprogramm" in: id., Moralbewußtsein und kommunikatives Handeln, Suhrkamp, Frankfurt am Main, 1983.
5.Cfr., Tugendhat, E., "Antike und moderne Ethik" en: id.., Probleme der Ethik, Philipp Reclam, Stuttgart, 1987.
6.Cfr., MacIntyre, A. After Virtue, Notre Dame, 1981 y Taylor, Ch., Sources of the Self, Harvard Univ. Press, Cambridge, Mass., 1989.
7.Cfr., Rorty, R., Contingency, irony, and solidarity, Cambridge University Press, Cambridge, 1989
8.Paz, O., El Arco y la Lira. El Poema.La Revelación poética. Poesía e Historia, F:C.E., México, 1a. edición 1956. Se cita de acuerdo a la primera reimpresión (1970).
9.Paz, O., El Arco y la Lira, p. 225.
10.Cf. ibidem., p. 229.
11.Cfr.,Paz., ibidem.
12.Paz, O., ibidem, p. 231.
13.Paz, O., ibidem.., p. 125.
14.Paz, O., ibidem., Op. cit., p. 129.
15.Cfr., Paz, O., ibdem, Op. cit., p. 136.
16.Cfr., Paz, O., ibdem, Op. cit., p. 144.
17.Paz, O., ibidem.
18.Paz, O., ibdem., Op. cit., p. 147.
19.Paz, O., ibdem., Op. cit., p. 148.
20.Foucault, M., „Qu'est-ce que les Lumières", en: Foucault,M. Dits et Écrits 1954-1988, Vol. IV 1980-1988, Gallimard, Paris,1994, p.571.
lunes, 27 de septiembre de 2010
RUBEN DARIO Y LA CRITICA
Para interrogar su paradojal situación no hay sino su poesía, como él lo supo siempre: "como hombre he vivido en lo cotidiano; como poeta, no se claudicado nunca". Angel Rama
Tomado de Rubén Darío Poesía, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1977
DISCURSO AL ALIMÓN EN HONOR A RUBÉN DARÍO
Pablo Neruda y Federico García Lorca
Hacia el año 1933, Pablo Neruda es enviado al Consulado de Chile en Buenos Aires. Ahí comenzará a conocer la resonancia internacional de su poesía. Además intimará con destacados escritores argentinos. Pero el encuentro más importante como relata Emir Rodríguez Monegal en su Neruda: El viajero inmóvil "ocurrirá un día de octubre de 1933, cuando es presentado a Federico García Lorca, de paso en el Río de la Plata para asistir al estreno de Bodas de sangre, por Lola Membrives, y para dar algunas conferencias. La fecha está marcada con piedra blanca en la poesía hispánica de este siglo, porque la personalidad avasalladora de Federico (seis años mayor, y ya famosísimo) y la calidad recién alumbrada de Neruda se reconocen a primera vista, fundan una amistad que sólo corregirá la muerte y establecen un puente perdurable entre las dos orillas de la nueva poesía en lengua española. Para marcar este encuentro fatal, el P.E.N. Club argentino organiza un banquete de homenaje a ambos poetas y ellos agradecen con un discurso en colaboración, sobre Rubén Darío, "el padre americano de la lírica hispánica de este siglo." Más tarde, Neruda habría de recordar que: "tanto García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguage poético en el idioma español".
Este es el discurso:
Neruda Señoras...
Lorca y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo del alimón", en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
Neruda Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
Lorca Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
Neruda Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros, un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
Lorca Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían; y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y España: Rubén...
Neruda Darío. Señores...
Lorca y señoras...
Neruda ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
Lorca ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
Neruda Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
Lorca ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
Neruda ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
Lorca ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
Neruda ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?
Lorca Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
Neruda Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
Lorca Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.
Neruda Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
Lorca Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.
Neruda Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
Lorca Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.
Neruda Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.
Lorca Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
Neruda y Lorca en cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
JORGE LUIS BORGES
Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar libertador.
Tomado de "Mensaje en honor de Rubén Darío, escrito por Borges, en 1967.
